La guerra del relato entre México y Estados Unidos

Sobre el caso Zambada, fuentes de Palacio Nacional me aseguran que existe un arco de estrategia política y mediática para erosionar la credibilidad del exembajador Ken Salazar antes de que su libro llegue a las librerías, porque calculan que nadie saldrá a defenderlo, ni demócratas ni republicanos.

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El juego de Palacio se enfoca en Ken Salazar.

EMEEQUIS.– Hay momentos en la política en que los gobiernos dejan de intentar explicar los hechos y comienzan a administrar el relato. La conferencia matutina de este martes pareció marcar ese punto de inflexión. No porque hubiera presentado pruebas nuevas sobre la captura de Ismael “El Mayo” Zambada, sino porque dejó ver un cambio de estrategia: el objetivo ya no parece ser reconstruir lo que ocurrió aquel 25 de julio de 2024, sino desacreditar a quien amenaza con contar una versión distinta.

El gobierno mexicano elevó el tono, volvió a preguntar quién mintió, insistió en la posible violación a la soberanía nacional y colocó a Ken Salazar en el centro del debate, justo cuando está por publicarse su libro de memorias, en el que sostiene que ningún agente estadounidense viajó en el avión que trasladó al capo y revela, además, que una fuente cercana a Andrés Manuel López Obrador le aseguró que el entonces presidente estaba preocupado por lo que pudiera declarar Zambada.

La coincidencia temporal difícilmente puede ignorarse.

Fuentes de Palacio Nacional me aseguran que existe un arco de estrategia política y mediática para erosionar la credibilidad de Salazar antes de que su libro llegue a las librerías; convertir al exembajador en un mentiroso funcional tiene una ventaja evidente: nadie saldrá con demasiado entusiasmo a defenderlo. Ya no representa a la administración demócrata, tampoco forma parte del círculo de confianza de los republicanos y, de hecho, durante años fue visto en Washington como un diplomático excesivamente cercano al obradorismo. Incluso dentro del propio gobierno estadounidense existían áreas que no necesariamente compartían información sensible con él. Es perfectamente posible que Salazar no conociera todos los detalles del operativo del “Mayo”; también es posible que hoy Palacio utilice precisamente esa incertidumbre para descalificar todo lo demás que escribió.

El problema es que la conferencia de este martes no presentó una sola evidencia nueva. Se habló nuevamente del avión que hoy forma parte de una exhibición del FBI, como si el hecho de que la principal agencia investigadora del Departamento de Justicia resguarde la aeronave constituyera, por sí mismo, la prueba de una operación clandestina. No lo es. Tampoco basta afirmar que alguien mintió si no se demuestra quién, cuándo y con qué documentos.

Como publicará este miércoles en EMEEQUIS Odracir Espinoza, en su columna Colaboremos juntos o no avanzaremos: narcotráfico, FBI y soberanía en México, si existió una actuación de agencias estadounidenses fuera de los cauces institucionales estaríamos frente a un conflicto jurídico y diplomático de enorme dimensión; pero precisamente por eso las acusaciones requieren expedientes, no insinuaciones.

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Más allá del caso Zambada, lo verdaderamente interesante es el cambio de lenguaje. Hasta hace unas semanas el gobierno buscaba administrar las diferencias con Washington; este martes decidió romper lanzas. El discurso gira hacia un Estados Unidos que miente, viola tratados, atropella la soberanía y pretende imponer sus reglas. Es, por un lado, una respuesta a la presión creciente que llega desde el vecino del norte —las investigaciones, las sanciones financieras, los mensajes sobre seguridad, los movimientos empresariales y las advertencias comerciales que empiezan a acumularse sobre la relación bilateral—; por otro, también habla hacia adentro, hacia un electorado al que conviene recordarle que el adversario externo sigue siendo un recurso eficaz para cerrar filas.

Porque, en realidad, la defensa ya ni siquiera parece concentrarse en un personaje específico. No se trata únicamente de proteger a Rubén Rocha Moya; se trata de contener cualquier información que eventualmente pudiera conectar piezas incómodas para el movimiento político que hoy gobierna.

La apuesta parece descansar en que el calendario también juegue a favor: esperar que el escenario político estadounidense cambie (pierdan los republicanos), que las disputas internas distraigan prioridades y que el tema pierda intensidad. No estoy segura de que alcance. Las decisiones que hemos visto en las últimas semanas sugieren exactamente lo contrario: Washington no está reduciendo la presión, la está escalando.

Y quizá esa sea la señal más relevante de todas. Mientras en México se libra una batalla para decidir si debemos creerle o no a un exembajador, en Estados Unidos la discusión parece haber avanzado varios capítulos.

Cuando un gobierno dedica tanto esfuerzo a desacreditar al mensajero, normalmente es porque da por hecho que ya no puede controlar el mensaje.

@Sandra_Romandia

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