La gratitud también vota

¿Por qué sociedades enteras dejan de castigar electoralmente a gobiernos que fracasan en seguridad, justicia, salud, educación o combate a la corrupción? ¿Qué explica que, incluso en estados donde la violencia y la pérdida de gobernabilidad son evidentes, esos gobiernos conserven un respaldo importante en las urnas? El caso Sinaloa.

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Las razones detrás del respaldo popular a gobiernos que fracasan en seguridad.

POR ALBERTO CAPELLA (@kpya)

EMEEQUIS.– Durante más de tres décadas he observado gobiernos del PRI, del PAN, del PRD y de Morena desde distintas trincheras. He conocido políticos honestos y también expresiones claras de corrupción; policías extraordinarios y servidores públicos que traicionaron su responsabilidad. Si algo aprendí en ese tiempo es que los gobiernos cambian mucho más rápido que las culturas políticas. Éstas tardan generaciones.

Por eso cada vez me interesa más estudiar a los ciudadanos que a los políticos.

Hay una pregunta que debería analizarse en las facultades de Sociología, Psicología Social y Ciencia Política. ¿Por qué sociedades enteras dejan de castigar electoralmente a gobiernos que fracasan en seguridad, justicia, salud, educación o combate a la corrupción? ¿Qué explica que, incluso en estados donde la violencia y la pérdida de gobernabilidad son evidentes, esos gobiernos conserven un respaldo importante en las urnas?

La respuesta no está solamente en los partidos. Está en la evolución de la cultura política mexicana.

No hace falta revisar tratados de sociología para entender cómo piensa una sociedad. Basta escuchar las frases que hemos repetido durante generaciones. “El que no tranza no avanza”. “Político pobre es un pobre político”. “Todos los gobernantes roban”. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Ninguna campaña publicitaria inventó esas frases. Las escribió la experiencia acumulada de millones de mexicanos. Son el reflejo de una sociedad que terminó normalizando la corrupción y resignándose a convivir con ella.

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Durante 71 años el PRI construyó una relación paternalista entre el Estado y los ciudadanos. El gobierno era el gran proveedor. Resolvía problemas, repartía beneficios, otorgaba concesiones, autorizaba permisos, regulaba al crimen y decidía quién avanzaba y quién debía esperar. La alternancia del año 2000 cambió al partido en el poder, pero esa cultura permaneció casi intacta.

Los doce años del PAN fortalecieron la competencia democrática, pero no modificaron esa relación entre el ciudadano y el Estado. Después llegaron los seis años de Enrique Peña Nieto. El escándalo de la Casa Blanca de Peña Nieto reforzó la idea de que el poder seguía enriqueciéndose a costa de los ciudadanos. Ayotzinapa terminó de romper la confianza de millones de mexicanos.

Sobre ese enorme desgaste nació Morena con una narrativa sencilla y poderosa. Nosotros no somos iguales.

CULIACÁN, SINALOA, 24JUNIO2026.– Asesinado por impactos de arma fue identificado Abel Elías, de 35 años, auxiliar de enfermería, en la colonia Antonio Rosales de esta ciudad. El trabajador de la salud había sido detenido el pasado viernes 19 de junio y presentado ante la Fiscalía General de la República (FGR) por el presunto robo de cuatro cajas de medicamento, cada una con un valor estimado en el mercado de 120 mil pesos. La captura ocurrió en el checador del hospital donde laboraba, portando aún su uniforme de enfermero. FOTO: JOSÉ BETANZOS ZÁRATE/CUARTOSCURO.COM

Muchos sostienen que la fortaleza electoral de Morena se explica por los programas sociales. Creo que esa explicación es insuficiente. Morena no creó esa cultura. La encontró, la entendió mejor que nadie y construyó una estrategia política sobre ella.

Después de décadas de corrupción e impunidad, una parte importante de la sociedad dejó de preguntarse quién gobernaría mejor y comenzó a preguntarse quién mejoraría un poco su vida cotidiana. Ahí cambió la lógica del voto.

Sería un error negar que las pensiones para adultos mayores, las becas, el incremento del salario mínimo y otras políticas de ingreso han mejorado la situación económica de millones de familias. Esa realidad debe reconocerse.

El problema aparece cuando ese beneficio inmediato desplaza la evaluación integral del desempeño gubernamental. Una pensión ayuda. Una beca ayuda. Un mejor salario ayuda. Pero nada de eso sustituye un hospital que funciona, una fiscalía que investiga, una policía que protege, una escuela que forma oportunidades o un Estado capaz de impedir que el crimen organizado controle regiones enteras del país.

Acapulco ofrece uno de los ejemplos más reveladores. Después del huracán Otis muchos imaginaron que el costo político para Morena sería devastador. Meses después, las urnas contaron una historia distinta. Mientras los analistas discutían responsabilidades políticas, miles de familias enfrentaban preocupaciones más urgentes. Los apoyos comenzaron a llegar y la necesidad terminó imponiéndose sobre la indignación.

Algo parecido empieza a observarse en Sinaloa. A pesar de la prolongada crisis de violencia, de la pérdida de gobernabilidad y de los graves cuestionamientos que enfrenta el gobierno estatal, algunas encuestas siguen otorgando a Morena niveles de respaldo que sorprenden a quienes analizan la política únicamente desde los indicadores de seguridad o corrupción.

Quizá la explicación sea más sencilla de lo que parece. Muchos ciudadanos no están votando una evaluación del gobierno de Rubén Rocha. Están votando una marca política que asocian con la pensión de sus padres, la beca de sus hijos, un salario que alcanzó un poco más o la certeza de que esos apoyos continuarán.

La pobreza genera necesidad. La necesidad genera dependencia. Y la dependencia, cuando se administra políticamente, puede terminar generando lealtades.

Ése es el gran reto para quienes aspiran a construir una alternativa. Denunciar corrupción, violencia o incompetencia gubernamental es indispensable, pero electoralmente ya no basta. Mientras no comprendan que millones de mexicanos toman decisiones desde la economía de su hogar antes que desde los indicadores nacionales, seguirán interpretando mal los resultados de las urnas.

No me preocupan las pensiones. Tampoco las becas. Mucho menos un mejor salario. Todo eso debe existir en una democracia que aspire a ser más justa. Lo que me preocupa es otra cosa. Que una sociedad termine convencida de que un depósito periódico basta para dejar de exigir seguridad, justicia, hospitales, escuelas e instituciones fuertes.

Cuando eso ocurre, el ciudadano deja de comportarse como mandante y empieza a comportarse como beneficiario. Y ese cambio, que parece apenas un detalle, puede definir el país que heredaremos a nuestros hijos y nietos. Un país donde recibir un apoyo sustituya el derecho a exigir un buen gobierno, o un país donde la verdadera dignidad ciudadana consista en exigir seguridad, justicia, salud, educación, libertad y progreso.

@kpya

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