“Jugaron muy bien. Nos dieron mucha alegría a todos los mexicanos. Faltó el último gol pero nos dieron mucha alegría”, dice Sheinbaum sobre la eliminación del Tri.
Conatos de fiesta, llanto y tequila amargo: el Mundial nos expulsa del paraíso
Las estrategias del Tricolor caen en picada mientras el árbitro estira el tiempo, hasta que sus pulmones soplan el aire hacia el silbato. Y con ese sonido agudo se van de un golpe las esperanzas de México de llegar a cuartos de final. El festejo que no fue en el Ángel de la Independencia.
“Jugaron muy bien. Nos dieron mucha alegría a todos los mexicanos. Faltó el último gol pero nos dieron mucha alegría”, dice Sheinbaum sobre la eliminación del Tri.
Por Isaac Albarrán Rodríguez y Miguel Ángel Teposteco Rodríguez
Fotos: Isaac Albarrán Rodríguez.
EMEEQUIS.- Este domingo, si México hubiera ganado en el Estadio Azteca, habría terminado esta crónica narrando cuando mi abuelo, Julián Tepoxteco, presenció “la mano de Dios”, 40 años antes: Maradona contra Inglaterra, dos goles a uno por los cuartos de final, y la victoria de un sueño latinoamericano por encima de un estrellato europeo. Pero no fue así.
Lo que hay, apenas llego al Centro Histórico, es un hombre tirado en medio de las escaleras para salir del metro Bellas Artes, y un policía pidiendo amablemente que se haga a un lado, a la orilla.
—Nada más hágase para allá—le pide.
Es una tarde de azules grisáceos en el cielo que inicia como imagino a Londres: nublado, húmedo y lluvioso. Desde una ventana del Sanborns de metro Bellas Artes una bandera mexicana se agita. Hoy el festejo es de resistencia, porque las matracas, banderas y cornetas se usan para mostrar que, pese al mal tiempo, se vino a apoyar a la Selección Mexicana: la de la racha impecable, la de los cuatro partidos ganados al hilo, la de un partido contra Ecuador alabado en todo el mundo.
Se quiere repetir una hazaña similar a la que vio mi abuelo en el 86. Esa que implicó el manotazo más famoso de la historia. “Le pegó así”, dice mi abue cuando le preguntan.
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Unas horas después, el Azteca (o Estadio Ciudad de México) revienta y recibe a las dos banderas gigantescas. El himno británico se canta con sobriedad y el mexicano se alza en el cielo más fuerte que los relámpagos de la tormenta defeña. Es un partido de matar o morir, y un día donde las tragedias pueden ocurrir para Latinoamérica. Es el mismo día en el que Erling Haaland le arrebata los sueños a Brasil con un zapatazo del demonio que hace entrar la pelota a la portería como un meteoro. Mål le llaman al gol los noruegos.
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Gabardinas y cornetazos. Un ala de espuma. Un comentarista en una de las pantallas gigantes sobre Alameda que dice: El día más especial de sus carreras deportivas. Nos avisan desde antes, por esos monitores, que El Ángel de la Independencia está lleno. Es la señal más visible de que algo cambió tras las anárquicas celebraciones de los otros partidos, en especial el México contra Ecuador que dejó cuatro muertos y varios heridos. Un reportero de 24 Horas, Rodrigo Cerezo, lo vivió: cuando se supo envuelto en cuerpos humanos y aplastado por kilos y kilos de carne, mandó un mensaje de voz a su familia para despedirse.
“Hubo personas que caímos encima de más personas, yo logré salir gracias a una moto que estaba ahí, moto de pizzas, pero la situación fue muy crítica”.
Y no sólo eso: ese día hubo 1,615 atenciones médicas y 28 personas llevadas a un hospital.
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Antes de salir de casa, en Threads, alguien me desea la muerte:

Avanzo porque el Monumento a la Revolución se acerca. Veo hinchas sobre una plataforma que parece de hierro negro. También está El Caballito amarillo. La palabra Barceló en un edificio y la espectacularidad de la Esquina de la Información. Los rascacielos encierran los festejos. Las banderas picotean y rasgan las nubes. Hay menos himnos. Más que una fiesta, es un compromiso amoroso.
Un acto de fidelidad de una afición.
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Llega el primer balde de agua fría. La primera herida de la Selección Mexicana en cinco partidos mundialistas. Tras unos minutos en los que el Tri intenta golpear como ariete la portería de Jordan Pickford, los ingleses roban la pelota. Jesús Gallardo no logra frenar el pase que le cruza por enfrente y que llega hasta Jude Bellingham, que mete un cabezazo: Raúl El Tala Rangel intenta alcanzarlo y no puede. Se abre el marcador como se abre una herida de bala.
1-0, favor Inglaterra.

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Motos cruzando entre la gente. Humo verdoso. El piso está tragado por la espuma blanca de las olas de las latas. Una camioneta cruza entre nosotros. Hay un baile entre impermeables de colores chillones. Y un Cristiano Ronaldo miniatura desplazándose por la calle.
El camino para cruzar hacia Paseo de la Reforma está atestado de gabardinas y controles de seguridad. Avancen, por ahí es la salida, nos dicen, y la lluvia hace que saque mi paraguas rosa con duraznos que seguro me hace parecer un trozo de gelatina dulce. Es el mismo recorrido que hice cuando México jugó contra República Checa: se trata de tomar la avenida y cruzarla entre los luchadores técnicos y las camisetas verdes hasta llegar al ahuehuete que marca la Glorieta de los Desaparecidos, rodeada por vallas metálicas. Ahí, sin piedad, la lluvia despega los retratos de papel.
En ese lugar, ocurre una cáscara. Los hinchas toman una pelota y se la pasan entre los pies. Un pase corto. Corren. Gritan. Revolotean. Están felices, aislados, entre islas de espuma en lata y cornetazos que recuerdan a los cláxones de microbúses en hora pico.
Veo una lona de desaparecidos arrastrándose en el piso. Y más allá de la fortaleza de metal, el perímetro que divide a la glorieta del camino que llega al Ángel de la Independencia. En ese lugar el piso ha quedado escarchado por la espuma. Es como si hubiera nevado, me dice mi amigo Charlie por WhatsApp. Pero lo asocio más con el piso jabonoso de un baño a mitad de un lavado. Es una batalla campal, un tiroteo de fantasías decembrinas con nieve artificial. Ramas fugaces salen disparadas desde las boquillas de las latas: desaparecen contra el cabello, contra la ropa, contra las manos de los transeúntes.
Si yo trajera una lata sería un salvaje: apuntaría directo a los ojos como lo hago en las fiestas.
“¡Me vale madre mi seguridad, yo quiero ir al Ángel!”, dice un chico que quiere pasar el cerco de trabajadores de la Ciudad de México que limitan el acceso. Y es que imaginen las posibilidades de la euforia: un tricolor ganando a Harry Kane.
No tengo idea qué tan locos nos pondríamos: gritos, empujones, caídas libres, desnudez y hasta disturbios. Excesos, drogas, alcohol, vidrios estallando por los aires.
Las cosas raras no faltan: un hombre tiene un casco negro con un cuerno. Un dildo rosado que apunta al cielo.

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México acaba de ser herido por Inglaterra. Es apenas el minuto 36 y ya vamos uno/cero. Se pone peor: el retortijón vuelve a repetirse. Ahí vienen los atacantes ingleses, tan mortíferos; cruzando el campo como desquiciados, rebasan campo traviesa a los seleccionados mexicanos y al minuto 38 clavan el segundo gol. El tirador de nuevo es Bellingham.
El Mundial se nos resbala de las manos. Se nos va sin avisarnos. Chingaos, mierda, joder.
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Nos dejan avanzar, nos dejan entrar al perímetro del Ángel. Qué bueno, qué emoción. El camino está libre y como si fuéramos animales en la sabana cruzamos de un carril al otro, cruzamos el camellón también; gritamos y vamos escoltados por las banderas que se estiran con el viento. Todo parece posible: que las águilas de los escudos salgan volando, que las estrellas ardan todas al mismo tiempo en el cielo. No estamos en el Azteca, pero sí ante la piel dorada del Ángel. Ya está el partido en las pantallas. ES HORA DE JUGAR.
Y cuando llegan los goles ingleses, no hay un grito de gooooooooooool alargado, sino uno corto, un comentario, un aviso de que la fortaleza mexicana recibió cañonazos: estamos en problemas.
Peroooooooo, llega la posibilidad, la esperanza, el remonte. Aparece en el minuto 42. Roberto Alvarado tira el servicio y Quiñones dispara sin dudar. Los ojos de miles observan y cuando la pelota toca la red la multitud reacciona como un músculo que se contrae violentamente: de la calma pasa a la explosión y al grito. Nunca vi algo así: un despliegue de fuerza humana, espuma y cornetazos bajo la esperanza de poder ganar.
Sigue la guerra con un cabezazo de Raúl Jimenez y un atajadón de Pickford que roba el aire. Era un golazo que se murió en el guante. Nadie quiere bajar el ritmo, nadie quiere ceder, y Bellingham llega a pegarle una barrida contra las piernas de Gallardo. Hay VAR y viene el golpe contra Inglaterra: TARJETA ROJA. EXPULSIÓN
Sin embargo, esa ventaja sabe insípida cuando viene, al minuto 57, una falta del portero contra Anthony Gordon que pone la hoja de la espada en la ya herida portería mexicana: un PENAL. El que lo cobra es Kane, un pie letal que antes de tirar mira a la portería y se mide al tú por tú con Rangel. Un segundo, tira y el cañonazo rebasa el cuerpo del “Tala”. Es gol, el tercero. Una sentencia, un amargo trago que sabe a punto sin retorno.
Pero queda oxígeno y queda juego. El tiempo avanza y al minuto 65 Kane le pega una patada a Brian Gutiérrez. El jugador mexicano queda sobre el pasto y aunque el juego parece continuar, emerge la oportunidad y llega el PENAL.
Toca a Raúl Jiménez pegar. Lo ponen frente a su cliente favorito en la Premier League, Pickford. Un tiro al ángulo y por fin llega el segundo punto para México: ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL! Las planicies de hinchas del Ángel gritan, se resbalan, se abrazan, y nace una vez más el ¡SÍ SE PUEDE, SÍ SE PUEDE!, a todo pulmón.

Lo que sigue es la batalla: los tiros hacia portería y los balones repelidos. El remonte sobre el campo, los pases largos, los pases desde el tiro de esquina. No se pueden cometer errores, el tiempo se va como agua. Mora intenta dar los pases, Jiménez los cañonazos, y Tala los saques de meta. Pero el círculo se va cerrando, y los 45 minutos se acaban, luego se queman los 11 de compensación. Luego son 6, luego son 2. Quedan unos segundos, un par de intentos para volver a entrar al área inglesa.
Pero las estrategias del Tricolor caen en picada mientras el árbitro estira el tiempo, hasta que sus pulmones soplan el aire hacia el silbato. Y con ese sonido agudo que cruza las gradas del Azteca, se van de un golpe las esperanzas de México de llegar a cuartos de final.
Una vez más, caemos en medio del camino.

Los aficionados emprendieron una marcha fúnebre, solemne, indeseada. Las miradas, agachadas; los cigarrillos, prendidos con furia. Un ocasional chisguete de espuma, y en el aire, la certeza. Esta fue la última noche para México; se acabaron las excusas, las promesas y el sueño.

A las diez de la noche el espectáculo ya había acabado para cientos de miles de capitalinos, permanentemente. No quedaba claro si la calma respondía al despliegue de elementos de seguridad, la distancia obligatoria, la tristeza o la decepción, mexicana.

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No hay nada más que hacer. Lo que semanas antes fue una euforia desmedida, un chorro a presión de sentido patriótico, fiesta y júbilo, se convierte en largas filas, ordenadas, de gente que regresa sobre sus pasos por Paseo de la Reforma. Hay llanto en los ojos de algunos y las caras largas se mimetizan con el piso húmedo.
Pero hay conatos de fiesta. Bandas con instrumentos de viento que se echan clásicos mexicanos. En el Ángel llega el Mariachi Vargas y las emociones pasan más a parecerse a las largas baladas de cantina. A los dedos contra la botella de cristal amarillo. Un tequila. Un mezcal. Una michelada picante.
Pese a la derrota, la gente sigue volando por el aire, arrojada por las multitudes. Lagos reflejan los impermeables. Árboles con entrañas azules luminosas me acompañan al sentarme en una barda, a unos metros del Ángel. Rugen las motocicletas.
En una barda escribo el resultado:

El camino de regreso es un festejo, sin duda. Un millón 350 mil personas disfrutaron el partido en la Ciudad de México, dice el gobierno. Hay cervezas en puestos improvisados. Elotes, brochetas de camarón. Los tacos de canasta más deliciosos que he probado en semanas. Banderas que ondean, acentos diversos sobre las bancas de piedra. Y un camino al metro Insurgentes donde los pulmones de estos hinchas se inflan y desinflan. Hay mucha cerveza para tomar, pies para golpear el piso mojado. En ese momento brillan las calles del Centro Histórico. Brillan los dientes de los hinchas. Brilla un espíritu incansable e indómito.
Si la derrota llega a nuestras manos, la disfrutamos, aunque no sea como la de ese día en el que voló el tiro de Diego Armando Maradona hacia la portería. Ese día hace 40 años en que el Azteca estalló por los aires: en alegría, en amor, en pasión por la camiseta.


