La presidenta Claudia Sheinbaum deslindó a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) de la responsabilidad sobre escuelas de instrucción castrense privada y dejó en manos de las autoridades de Tamaulipas las investigaciones por la muerte de la adolescente Dafne Zapata, de 13 años, ocurrida en un campamento de la Academia Militarizada Marina Doenitz en Ciudad Madero. Mientras la mandataria remarcó que se trata de planteles con formación militar de competencia puramente estatal, la madre de la menor exige órdenes de aprehensión contra cinco encargados identificados, denunciando inconsistencias en las causas del deceso, marcas de violencia física y antecedentes de abusos en la institución, motivo por el cual impulsará la iniciativa "Ley Dafne" para endurecer la regulación de estos centros
No mentir, no robar, no traicionar… ¿todavía?
Desde siempre, la palabra ha sido la herramienta más eficaz de la política. Con ella se construyen liderazgos, se despiertan esperanzas y se ganan elecciones. El problema comienza cuando el discurso deja de ser un compromiso para convertirse en un refugio. La opinión de @SoledadDurazo.
La presidenta Claudia Sheinbaum deslindó a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) de la responsabilidad sobre escuelas de instrucción castrense privada y dejó en manos de las autoridades de Tamaulipas las investigaciones por la muerte de la adolescente Dafne Zapata, de 13 años, ocurrida en un campamento de la Academia Militarizada Marina Doenitz en Ciudad Madero. Mientras la mandataria remarcó que se trata de planteles con formación militar de competencia puramente estatal, la madre de la menor exige órdenes de aprehensión contra cinco encargados identificados, denunciando inconsistencias en las causas del deceso, marcas de violencia física y antecedentes de abusos en la institución, motivo por el cual impulsará la iniciativa "Ley Dafne" para endurecer la regulación de estos centros
Por Soledad Durazo
EMEEQUIS.– Hace unos días, tras la entrevista que hice a un político en el programa de radio que conduzco, un radioescucha habitual me escribió un mensaje que no he dejado de recordar:
“No hay persona más perfecta que la que se describe a sí misma cuando anda en campaña.”
Pensé que tenía razón.
No hablaba únicamente de un candidato, sino del enorme poder que tiene el discurso para seducir, convencer y, muchas veces, sustituir a la realidad. O, dicho en términos más coloquiales, verbo mata carita.
Desde siempre, la palabra ha sido la herramienta más eficaz de la política. Con ella se construyen liderazgos, se despiertan esperanzas y se ganan elecciones. El problema comienza cuando el discurso deja de ser un compromiso para convertirse en un refugio.
Quiero pensar que quienes gobiernan conocen perfectamente la distancia entre lo que dicen y lo que hacen. Más que ignorancia, muchas veces lo que sobra es cinismo. Se apuesta a una ciudadanía poco informada o resignada, que escucha sin contrastar, que oye sin cuestionar y que termina aceptando la repetición como si fuera verdad.
Porque hay frases que suenan muy bien; hasta te erizan la piel.
¿Quién podría estar en contra de un gobierno que promete no mentir, no robar y no traicionar?
En la era de la Cuarta Transformación, ese decálogo moral —junto con el “Primero los pobres”, sobre el que reflexioné en una entrega anterior— se convirtió en uno de los pilares del discurso político. No fue solo un lema de campaña; fue la promesa de ejercer el poder de manera distinta.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre con los principios cuando quien los proclama llega al gobierno?
No se trata de hacer un recuento de las mentiras pronunciadas desde el poder. La lista sería interminable y, además, desviaría la atención del verdadero problema.
Lo preocupante es cuando la mentira deja de ser una excepción para convertirse en un método de gobierno; cuando decirlas no provoca el menor sonrojo en quien las pronuncia y por dentro se rie de quien las escucha.
Cuando la narrativa sustituye a los datos, cuando aparecen “otros datos” para explicar aquello que la realidad contradice, cuando las promesas se reescriben conforme cambian las circunstancias, cuando el relato importa más que los hechos.
La mentira prospera cuando encuentra oídos dispuestos a creerla. La repetición hace el resto. Una falsedad repetida suficientes veces termina compitiendo con la realidad.
Y cuando un gobierno necesita que la realidad se acomode a su discurso, la verdad deja de ser un valor para convertirse en un obstáculo.
Desde el ejercicio del poder, ¿qué significa realmente no robar?
Sería un error reducirlo únicamente al acto de desviar recursos públicos para beneficio personal. Robar también es desperdiciar el dinero de los ciudadanos; ocultar información que les pertenece; destruir instituciones que costó décadas construir; cancelar proyectos ya pagados para después obligar a la sociedad a asumir el costo de esas decisiones.
También se roba cuando se gobierna con ocurrencias en lugar de políticas públicas bien diseñadas.
Y también cuando los cargos dejan de asignarse por capacidad y se convierten en recompensa por lealtades políticas. Porque la factura de esa decisión siempre termina pagándola la ciudadanía.
¿Y qué significa no traicionar?
Quizá la peor traición de un gobierno es hacia las expectativas que él mismo construyó.
Se traiciona cuando las promesas que sirvieron para conquistar la confianza ciudadana se abandonan una vez alcanzado el poder. Cuando aquello que ayer se condenaba termina justificándose. Cuando los principios dejan de ser una guía para convertirse en un recurso retórico.
No mentir, no robar y no traicionar no son patrimonio de un movimiento político. Son exigencias mínimas de cualquier democracia y principios que deberían acompañar a cualquier persona, especialmente a quien ejerce el poder.
Al final, gobernar no consiste en encontrar nuevas frases para adornar discursos. Consiste en honrar aquellas que convencieron a millones de personas de entregar su confianza.
Porque los principios no se ponen a prueba cuando se pronuncian frente a un micrófono. Se ponen a prueba cuando el poder ofrece todas las razones para olvidarlos.
@SoledadDurazo
