"Puedo inscribirme y puedo ser encuestado, porque para el cargo que yo iría sería para coordinar los Comités de Defensa de la 4T”. Los enredos de Salgado Macedonio.
El penal que aguarda a Cuauhtémoc Blanco
El penal que aguarda a Cuauhtémoc Blanco ya no está frente a una portería. Está frente a la historia. Y en ese partido ya no cuentan los goles que anotó. Cuentan las vidas que no pudo proteger, las instituciones que no fortaleció y el estado que dejó atrás. La opinión de @kpya.
"Puedo inscribirme y puedo ser encuestado, porque para el cargo que yo iría sería para coordinar los Comités de Defensa de la 4T”. Los enredos de Salgado Macedonio.
Un mal partido se olvida al día siguiente. Un mal gobierno permanece durante años en la memoria de quienes tuvieron que vivir sus consecuencias.
POR ALBERTO CAPELLA (@kpya)
EMEEQUIS.– A Cuauhtémoc Blanco siempre le gustó cobrar penales. Era parte de su personaje. Caminaba hacia el balón con esa mezcla de desafío que tantas veces encendió estadios. Lo que quizá nunca imaginó es que su aventura política terminaría acercándolo a otra clase de penal. No el de once pasos, sino ese otro que en México se asocia con cuentas pendientes, denuncias graves y responsabilidades que tarde o temprano dejan de esconderse bajo la camiseta de un ídolo. Porque cuando la justicia deja de hacerse la distraída, los goles dejan de importar y los hechos comienzan a pasar factura.
Pocos deportistas conectaron con la gente como él. Representaba el barrio, la rebeldía, el desafío al poderoso y esa autenticidad que muchas veces escasea en el deporte profesional. Para algunos fue un ídolo genuino. Pero la vida pública tiene reglas distintas a las del futbol. Los goles pueden hacer historia. Gobernar también, pero sus consecuencias impactan la vida de millones de personas.
Por eso resulta imposible ignorar el contraste que hoy persigue a Cuauhtémoc Blanco. Mientras el Mundial despierta emociones, su nombre aparece cada vez más asociado a su paso por la política que a sus hazañas deportivas. Las imágenes recientes son muy simbólicas. Aficionados increpándolo públicamente. Reclamos abiertos. Un personaje que durante años provocó aplausos ahora genera indignación.
No es casualidad. Durante mucho tiempo México confundió popularidad con capacidad de gobierno. Creímos que la fama podía sustituir la experiencia y que el éxito deportivo podía transformarse automáticamente en liderazgo público. Morelos terminó pagando una factura muy alta por esa equivocación. Blanco llegó al gobierno con respaldo político y una enorme oportunidad para rodearse de perfiles capaces que compensaran su falta de experiencia administrativa. Nada de eso ocurrió.

Su administración quedó marcada por conflictos permanentes, acusaciones de corrupción, disputas políticas, decisiones erráticas y una sensación constante de improvisación que se volvió parte de la percepción pública de su gobierno. Pero el problema más grave fue otro. Mientras el gobierno navegaba entre escándalos y confrontaciones, la violencia siguió avanzando. Morelos vivió durante esos años algunos de los periodos más violentos de su historia reciente. Los homicidios dolosos permanecieron en niveles alarmantes. La extorsión golpeó a comerciantes y empresarios. Miles de familias aprendieron a convivir con el miedo.
La inseguridad no fue solamente una cifra. Fue una realidad que se tradujo en asesinatos, desapariciones, cierre de negocios, pérdida de inversión y deterioro de la confianza ciudadana. Por eso resulta imposible separar su nombre de la violencia que marcó esos años.
No porque sea responsable de cada delito cometido en Morelos. Ningún gobernador lo es. Pero sí porque gobernar implica asumir la responsabilidad política de los resultados. Para eso se busca el cargo. Para eso se ejerce el poder. Para eso se protesta cumplir y hacer cumplir la ley. Los resultados simplemente nunca llegaron, al menos no en la dimensión que Morelos necesitaba para recuperar tranquilidad y confianza.
Hay otro elemento que acompaña su trayectoria política. La enorme cantidad de ex aliados que terminaron convertidos en adversarios. Alcaldes, legisladores, funcionarios, operadores políticos e incluso personajes que apostaron públicamente por él terminaron tomando distancia o denunciando desencantos, diferencias profundas y rupturas irreconciliables.
Las coincidencias pueden ocurrir una o dos veces. Cuando se repiten durante años con personas distintas, vale la pena prestar atención. La política suele ser implacable con quienes confunden lealtad con obediencia. Más temprano que tarde aparecen testimonios y relatos de quienes estuvieron dentro del círculo cercano. Muchas veces son esos testimonios los que terminan construyendo la verdadera biografía de un personaje público.
A ello se suman fotografías controvertidas, señalamientos públicos, acusaciones de corrupción, denuncias por presuntas agresiones sexuales y una larga lista de episodios que ningún poder serio debería ignorar. Corresponderá a las autoridades determinar responsabilidades cuando exista la voluntad política para hacerlo y cuando los múltiples elementos que aparentemente existen dejen de dormir en el cajón de la conveniencia.
Pero hay algo que ya ocurrió. El juicio ciudadano comenzó hace tiempo. Y ese juicio suele ser mucho más difícil de revertir que cualquier expediente. No estamos viendo solamente el desgaste normal de un exgobernador. Estamos observando cómo una parte importante de la opinión pública comenzó a separar definitivamente al futbolista del político.
Al primero todavía lo recuerdan con cariño algunos mexicanos. Al segundo lo alcanzó su aventura política y los resultados de un gobierno incapaz de devolver la tranquilidad a Morelos mientras la violencia seguía cobrando vidas, destruyendo familias y debilitando la confianza en las instituciones. Un mal partido se olvida al día siguiente. Un mal gobierno permanece durante años en la memoria de quienes tuvieron que vivir sus consecuencias.
Quizá por eso el penal que aguarda a Cuauhtémoc Blanco ya no está frente a una portería. Está frente a la historia. Y en ese partido ya no cuentan los goles que anotó. Cuentan las vidas que no pudo proteger, las instituciones que no fortaleció y el estado que dejó atrás. Porque los aficionados pueden perdonar una derrota. Lo que difícilmente perdonan es que un ídolo desperdicie la confianza que le entregaron para gobernar.
@kpya
