Fuentes en Estados Unidos me confirmaron que la decisión de hacer públicas las acusaciones contra Rocha Moya no fue solo jurídica, sino estratégica, aunque existía preocupación de que en México no se activaran con rapidez los mecanismos institucionales. La pregunta ya no es si habrá más nombres en la lista, sino quiénes ya saben que están en ella.
Rocha es el primero... no el último
Fuentes en Estados Unidos me confirmaron que la decisión de hacer públicas las acusaciones contra Rocha Moya no fue solo jurídica, sino estratégica, aunque existía preocupación de que en México no se activaran con rapidez los mecanismos institucionales. La pregunta ya no es si habrá más nombres en la lista, sino quiénes ya saben que están en ella.
Fuentes en Estados Unidos me confirmaron que la decisión de hacer públicas las acusaciones contra Rocha Moya no fue solo jurídica, sino estratégica, aunque existía preocupación de que en México no se activaran con rapidez los mecanismos institucionales. La pregunta ya no es si habrá más nombres en la lista, sino quiénes ya saben que están en ella.
EMEEQUIS.– Ayer no solo se acusó a un gobernador; se encendió una luz sobre algo que llevaba años acumulándose en silencio.
La imputación del gobierno de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no podía leerse como una sorpresa, sino como la confirmación de una sospecha largamente instalada en uno de los territorios donde la frontera entre poder político y crimen organizado dejó de ser difusa para volverse, con el tiempo, estructural; Sinaloa era el caso más evidente, pero no necesariamente el único, ni el más profundo.
Porque estas acusaciones no nacieron en la coyuntura, ni responden únicamente a un momento político; se construyeron durante años en expedientes judiciales en Estados Unidos —particularmente en cortes como la de Nueva York— alimentados por testimonios, acuerdos y confesiones de figuras clave del crimen organizado, desde líderes históricos del Cártel de Sinaloa hasta operadores del Cártel Jalisco Nueva Generación y de otros grupos criminales que, tras ser detenidos o extraditados, comenzaron a aportar información sobre redes más amplias de protección y colaboración política.
Entre 2025 y los primeros meses de 2026, México intensificó la entrega de perfiles de alto nivel hacia Estados Unidos; no fueron casos aislados, sino un flujo constante que sumó decenas de líderes regionales, operadores financieros y enlaces logísticos de distintas organizaciones criminales —Sinaloa, CJNG, Golfo, Noreste—, cada uno con su propia historia, pero también con un punto en común: su capacidad para describir cómo se construyen y sostienen las relaciones entre crimen y poder.
Cada uno de esos expedientes no cerró una historia; abrió otra.
Fuentes en Estados Unidos me confirmaron que la decisión de hacer públicas las acusaciones contra Rocha Moya no fue solo jurídica, sino estratégica; existía preocupación de que en México no se activaran con la misma rapidez los mecanismos institucionales, particularmente desde la Fiscalía General de la República, a pesar de los intercambios de información y de que Washington ya había comunicado que contaba con datos suficientes no solo sobre el gobernador, sino sobre integrantes de su gabinete y autoridades locales en Sinaloa.
Ante ese escenario, la exposición pública se volvió herramienta; no para concluir el caso, sino para forzar su avance.
Y ahí es donde lo ocurrido ayer deja de ser un episodio local y comienza a dibujar una ruta más amplia.
Porque el poder que llevó a Rocha Moya a la gubernatura no se construyó en solitario; hubo respaldos políticos relevantes, estructuras territoriales y alianzas que trascendieron el estado. Entre ellas, la cercanía y el respaldo de uno de los grupos políticos más influyentes del oficialismo, encabezado por Ricardo Monreal, cuyo apoyo a la candidatura de Rocha fue más que simbólico: incluyó operación política y acompañamiento territorial en momentos clave del proceso.
Ese respaldo no se quedó en campaña; se tradujo en posiciones concretas dentro del gobierno estatal, como la incorporación de Rodolfo Monreal Ávila como Coordinador General de Desarrollo Tecnológico y Proyectos Especiales del gobierno de Sinaloa. Lo que en su momento fue leído como parte de la lógica de reparto político hoy adquiere otra dimensión, no por lo que se dijo públicamente, sino por lo que podrían revelar los expedientes que se están integrando fuera del país.
Porque si algo dejó claro la acusación de ayer es que no se trata de un punto final, sino de partida; la lógica de las investigaciones en Estados Unidos no se detiene en el funcionario señalado, sino que escala, conecta, reconstruye redes, sigue trayectorias de dinero y poder, y en ese proceso los nombres no se disuelven, se acumulan.
Por eso, lo que inquieta no es lo que ya se sabe, sino lo que falta por aparecer.
El contexto tampoco es menor; la acusación se dio en medio de la discusión del T-MEC, donde la cooperación en materia de seguridad, tráfico de fentanilo y control territorial se ha convertido en una variable central de la relación bilateral, lo que introduce un elemento adicional de presión, porque para Estados Unidos el combate al narcotráfico dejó de ser únicamente un asunto de seguridad para convertirse en una herramienta de negociación económica y geopolítica.
Para México, en cambio, el momento es una prueba.
La presidenta Claudia Sheinbaum llegó a este escenario con una ventaja política que redefine el tablero: control sobre la Fiscalía General de la República tras la salida de Alejandro Gertz Manero; la pregunta ya no es si el Estado mexicano puede actuar, sino si está dispuesto a hacerlo con la misma profundidad con la que se están construyendo los casos fuera de sus fronteras.
Ayer, lo que vimos fue apenas el primer nombre en una lista que, todo indica, ya existe.
Una lista construida no en discursos, sino en declaraciones ministeriales, acuerdos judiciales y confesiones que cruzan cárteles, estados y niveles de gobierno; una lista que no distingue colores partidistas, pero que inevitablemente tocará estructuras de poder que durante años operaron bajo la lógica de la negación.
La pregunta ya no es si habrá más nombres; la pregunta es quiénes ya saben que están en ella.
@Sandra_Romandia
