La tregua mundialista que nunca llegó

En pleno Mundial, la “Mañanera del Pueblo” parece estar jugando en contra del propio oficialismo. Lo que debería ser una herramienta de comunicación directa con la ciudadanía termina muchas veces convertida en fábrica de pleitos.

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Una cosa es garantizar la seguridad del Mundial y otra muy distinta creer que el Mundial podía convertirse en anestesia nacional.

POR ALBERTO CAPELLA (@kpya)


EMEEQUIS.– Durante meses muchos apostaron a que el Mundial le regalaría a México cinco semanas de tregua emocional. Cinco semanas para bajar el volumen de la confrontación política, olvidarnos por un momento de la violencia, de los desaparecidos, de las campañas permanentes y de los pleitos cotidianos que dominan la conversación pública. La idea parecía lógica. Un país unido detrás de una selección nacional, millones de personas viendo los mismos partidos y una atención mediática concentrada en el evento deportivo más importante del planeta. Pero México traía demasiadas heridas abiertas como para esconderlas debajo de una playera verde.

El Mundial llegó con estadios llenos, himnos, banderas, turistas, cámaras internacionales y una enorme expectativa nacional. También llegó con el mismo país de siempre afuera de los estadios. El país de las madres que buscan, de los maestros inconformes, de los transportistas amenazados, de las familias que no llegan tranquilas a casa, de las carreteras tomadas, de las discusiones interminables y de una polarización que ya parece deporte nacional.

Primero hay que reconocer lo que sí ha funcionado. A pocos días de iniciado el torneo, el Operativo Kukulcán ha cumplido con su objetivo principal. No hemos visto atentados, actos terroristas, disturbios masivos ni hechos criminales de alto impacto que hayan alterado significativamente el desarrollo del evento. Millones de personas han transitado por estadios, aeropuertos, hoteles y espacios públicos sin que la violencia robe los reflectores. En un país acostumbrado a vivir sobresaltos constantes en materia de seguridad, eso merece reconocimiento. Sería mezquino no decirlo.

CIUDAD DE MÉXICO, 15 DE JUNIO DE 2026. Integrantes del magisterio disidente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), encabezados por su secretaria general, Yenny Pérez Martínez, ofrecieron una conferencia de prensa en la caseta México-Cuernavaca para ratificar la continuidad de la huelga nacional, a 15 días de iniciado el plantón en el Zócalo capitalino. Durante la rueda de prensa afirmaron: “Mentira, no es cierto, nada está resuelto”, y anunciaron la liberación de casetas en San Marcos, Naucalpan y la México-Pachuca como parte de sus acciones. La CNTE exige la abrogación de la Ley del ISSSTE 2007 y una jubilación digna, y reiteró su disposición al diálogo con el gobierno federal. FOTO. ESTRELLA JOSENTO/CUARTOSCURO.COM



Pero una cosa es garantizar la seguridad del Mundial y otra muy distinta creer que el Mundial podía convertirse en anestesia nacional. Eso no ocurrió. La CNTE sigue en las calles. Las madres buscadoras siguen buscando. Los desaparecidos siguen desaparecidos. Los transportistas siguen denunciando violencia en carreteras. Las familias continúan viviendo la incertidumbre económica de todos los días. La polarización política mantiene divididos a millones de mexicanos. El Mundial llegó. La tregua no.

Quizá el ejemplo más claro de esa incapacidad para encontrar puntos de encuentro fue la reciente polémica relacionada con las madres buscadoras. Independientemente de simpatías políticas o posiciones ideológicas, hay temas que deberían estar por encima de cualquier disputa partidista. La desaparición de un ser humano es uno de ellos. Cuando una madre sale a buscar a su hijo desaparecido no está haciendo campaña. No está construyendo una candidatura. No está diseñando una estrategia de comunicación. Está intentando encontrar a alguien que ama.

Por eso resultan tan ofensivas las afirmaciones que sugieren motivaciones políticas detrás de estos movimientos sociales. Porque trasladan una tragedia humana al lodazal de la confrontación ideológica. México parece haber llegado al punto absurdo donde hasta el dolor necesita permiso político para ser reconocido. Si alguien protesta, es porque pertenece a un grupo. Si alguien critica, es porque responde a intereses ocultos. Si alguien cuestiona, es porque forma parte de una conspiración. Así se destruye cualquier posibilidad de empatía.

Para comprender la dimensión del dolor de miles de familias no hacen falta encuestas ni análisis partidistas. Basta un ejercicio sencillo. Imaginar por un momento que quien desapareció fue tu hijo, tu hija, tu hermano o tu madre. Después de eso las etiquetas ideológicas se vuelven basura. Lo único que queda es la angustia de no saber dónde está la persona que amas y la rabia de sentir que, además de buscarla, todavía tienes que defenderte de la sospecha política.

Ahí es donde la llamada Mañanera del Pueblo parece estar jugando en contra del propio oficialismo. Lo que debería ser una herramienta de comunicación directa con la ciudadanía termina muchas veces convertida en fábrica de pleitos. En lugar de bajar tensiones, las sube. En lugar de cerrar heridas, las abre. En lugar de construir puentes, reparte etiquetas. La defensa del movimiento gobernante se ha vuelto prioridad suprema, incluso por encima de causas que deberían convocar respeto, prudencia y humanidad.

La consecuencia está a la vista. Mientras millones de personas disfrutan legítimamente del Mundial, el país sigue atrapado en las mismas discusiones que existían antes del torneo. El futbol no suspendió la polarización. Tampoco escondió los problemas estructurales que siguen presentes en la vida nacional. Los grandes eventos deportivos pueden generar entusiasmo colectivo, orgullo nacional y momentos de felicidad compartida. Pero no sustituyen la responsabilidad de gobernar. No encuentran desaparecidos. No reconstruyen confianza. No devuelven la esperanza cuando la política la ha desgastado durante años.

El Mundial terminará dentro de unas semanas. Quedarán recuerdos, fotografías, goles memorables y conversaciones que durarán años. Algunos celebrarán victorias. Otros lamentarán derrotas. Así es el futbol. Lo que no terminará con el silbatazo final será el país real. Las madres seguirán buscando. Los desaparecidos seguirán esperando justicia. Los ciudadanos seguirán exigiendo seguridad. La polarización seguirá dividiendo conversaciones, familias y comunidades mientras la política continúe viendo adversarios donde debería ver ciudadanos.

Esta es la gran lección de la primera semana mundialista. México descubrió que el futbol puede regalarnos momentos de alegría, pero no puede regalarnos la paz social que la política ha sido incapaz de construir. El Mundial llegó a México con fiesta, cámaras y estadios llenos. La tregua mundialista que muchos esperaban nunca llegó.

@kpya

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