Desaparecer en México sin tocarse el uniforme

Las desapariciones evolucionan: mutan junto con el poder. A veces dejan de operar desde oficinas gubernamentales y comienzan a hacerlo desde zonas grises donde crimen, autoridades y omisiones se confunden hasta volverse indistinguibles. Las inquietantes revelaciones del informe de CIDH. #CualEsLaHistoria

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Las desapariciones evolucionan: mutan junto con el poder. A veces dejan de operar desde oficinas gubernamentales y comienzan a hacerlo desde zonas grises donde crimen, autoridades y omisiones se confunden hasta volverse indistinguibles. Las inquietantes revelaciones del informe de CIDH. #CualEsLaHistoria

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México supera ya las 128 mil personas desaparecidas y acumula más de 70 mil cuerpos sin identificar bajo custodia institucional.

EMEEQUIS.– La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que el Estado mexicano ya no desaparece personas como ocurrió durante la Guerra sucia en México del PRI en los años 70. La frase parece diseñada para marcar una frontera moral entre aquel México autoritario y el actual; como si las desapariciones hubieran cambiado únicamente de uniforme y eso bastara para absolver al Estado contemporáneo.

Pero las desapariciones evolucionan; mutan junto con el poder. A veces dejan de operar desde oficinas gubernamentales y comienzan a hacerlo desde zonas grises donde crimen, autoridades y omisiones se confunden hasta volverse indistinguibles.

Por eso es tan relevante lo que acaba de documentar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El organismo reconoce que la mayoría de las desapariciones en México son ejecutadas por el crimen organizado, sí, pero también advierte algo mucho más incómodo: la existencia de participación, convivencia o tolerancia de autoridades. 

No es una frase menor. Jurídicamente cambia todo.

La Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas establece que este crimen también existe cuando particulares actúan con autorización, apoyo o tolerancia del Estado. Es decir, no hace falta que un agente estatal secuestre directamente a una persona; basta con que autoridades permitan, faciliten, encubran o simplemente decidan mirar hacia otro lado.

México supera ya las 128 mil personas desaparecidas y acumula más de 70 mil cuerpos sin identificar bajo custodia institucional.  La dimensión es tan brutal que el propio Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU decidió llevar el caso mexicano ante la Asamblea General por considerar que existen elementos para analizar si las desapariciones ocurren de forma generalizada o sistemática. 

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Y aun así, seguimos discutiendo semántica política.

En mi investigación sobre el Rancho Izaguirre, en Jalisco, encontré testimonios que describen algo perturbador: personas que intentaban escapar y eran regresadas; sobrevivientes que refieren haber visto vehículos, presuntos agentes y dinámicas compatibles con algún nivel de protección institucional. A eso se suman expedientes donde policías municipales aparecen señalados por colusión o fiscalías son acusadas de omisiones constantes en desapariciones.

No hablo de un caso aislado. El patrón se repite en distintas regiones del país como una humedad moral que ya alcanzó demasiadas paredes del Estado mexicano.

Porque el problema no es únicamente quién desaparece; el problema es quién permite que desaparezcan.

El sociólogo Max Weber definía al Estado como la entidad que posee el monopolio legítimo de la fuerza. Pero en amplias zonas de México ese monopolio parece haberse subarrendado; fragmentado entre policías infiltradas, autoridades capturadas, fiscalías rebasadas y grupos criminales que operan con una tranquilidad que solo puede explicarse mediante protección, corrupción o miedo.

Y quizá ahí está la gran tragedia mexicana contemporánea: el país dejó atrás la desaparición como política centralizada del viejo autoritarismo, pero terminó normalizando una desaparición descentralizada, difusa y privatizada, donde el crimen ejecuta y demasiadas instituciones toleran.

Las madres buscadoras lo entendieron antes que el Estado. Por eso salen con palas, varillas y picos a buscar lo que las instituciones no encuentran; o peor, lo que a veces pareciera que no quieren encontrar. No es casualidad que organismos internacionales hablen ya de una crisis humanitaria. Tampoco es casualidad que México tenga buscadoras asesinadas, expedientes congelados y fosas descubiertas por civiles mientras gobiernos presumen estrategias de seguridad en conferencias mañaneras. 

Tal vez la discusión no debería centrarse en si el Estado desaparece igual que hace cincuenta años; la pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿Qué tan diferente es un Estado que no desaparece directamente, pero permite que desaparezcan miles bajo su vigilancia?

@Sandra_Romandia



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