El dictamen que impediría a aspirantes ciudadanos compartir símbolos o estrategias comunes es un dardo directo contra La Sombreriza. “La reforma tiene dedicatoria a Carlos Manzo”, lanza Grecia Quiroz durante la protesta.
¿Qué pasará con el vino mexicano tras el nuevo acuerdo con la Unión Europea?
LA implementación de medidas europeas para priorizar la exportación de productos con origen garantizado —como quesos, vinos y espirituosos— amenaza con agravar las condiciones actuales. Los productores nacionales enfrentarán un flujo masivo de vinos importados de óptima calidad a precios módicos, provenientes de pequeñas bodegas europeas que buscan desahogar sus excedentes
El dictamen que impediría a aspirantes ciudadanos compartir símbolos o estrategias comunes es un dardo directo contra La Sombreriza. “La reforma tiene dedicatoria a Carlos Manzo”, lanza Grecia Quiroz durante la protesta.
Francisco Tortolero Cervantes*
EMEEQUIS.– La suscripción del acuerdo comercial modificado entre México y la Unión Europea constituye una coyuntura crítica para el sector vitivinícola mexicano. Si bien la expansión de nuestras bodegas descansó durante años en la fidelidad del consumidor doméstico, la implementación de medidas europeas para priorizar la exportación de productos con origen garantizado —como quesos, vinos y espirituosos— amenaza con agravar las condiciones actuales. Aunque las tasas arancelarias se mantengan en cero, los productores nacionales enfrentarán un flujo masivo de vinos importados de óptima calidad a precios módicos, provenientes de pequeñas bodegas europeas que buscan desahogar sus excedentes ante la caída del consumo en sus propios países.
Este escenario compromete primordialmente al vino mexicano posicionado en el segmento premium de gama media, el cual corre el riesgo de ser desplazado en las preferencias de un consumidor local que ya consume más producto extranjero que nacional. Ante un mercado interno susceptible a modificaciones sustantivas por la vía del precio, el desafío reside en transformar la amenaza en una oportunidad de reconversión estratégica. La respuesta jurídica y económica ante la apertura transatlántica no radica en el aislamiento, sino en la adopción urgente de signos de competitividad basados en la identidad geográfica.
La crisis global del consumo obliga a reconfigurar las ventajas competitivas regionales
La vitivinicultura tiene un potencial evidente para impulsar el desarrollo regional y preservar conocimiento tradicional. Sin embargo, la ventaja competitiva ya no depende solo de la tierra, sino de la capacidad de asociar la producción con el valor inmaterial del vino: autenticidad, origen y reputación.
Esta exigencia se acentúa en una crisis global marcada por la contracción del consumo, sobre todo entre adultos jóvenes. Mientras Europa arranca viñedos para reducir excedentes, México aparece como un mercado expansivo, aunque limitado por una superficie plantada estática, estrés hídrico, escasez de mano de obra especializada y dependencia de insumos importados. La recomposición de la oferta exige redefinir el modelo de negocio local.
Las Indicaciones Geográficas Protegidas son la defensa jurídica indispensable del mercado interno
Ante el nuevo orden comercial y la renegociación del T-MEC, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial ha facilitado la constitución de Indicaciones Geográficas Protegidas. Esta categoría reconoce productos cuyas características de calidad, reputación y tradición dependen de una región específica. Ya se formalizó la IGP Querétaro y hay inquietudes ya en otros estados.
Su implementación es urgente. La saturación de vinos europeos e internacionales intensificará la presión de supermercados y minoristas sobre los márgenes del productor mexicano. Para enfrentarla, es indispensable vincular a las universidades con el sector productivo, para desarrollar tecnologías e insumos propios, formar especialistas jurídicos, económicos y ambientales, y sentar bases comunes inspiradas en las regiones vitivinícolas más competitivas del mundo.

La calidad y la sustentabilidad ya no son opciones estáticas, sino normas de gobernanza gremial
Las indicaciones de procedencia son el pilar del modelo europeo y obligan a las regiones mexicanas a organizarse bajo criterios equivalentes de producción. No se trata de exportar masivamente a un mercado europeo saturado, sino de defender el mercado interno mediante una pauta reconocible, verificable y protegida.
La experiencia internacional muestra que una indicación geográfica pone en valor el capital geográfico y humano, y fomenta una economía colectiva por encima del talento individual. El productor que rechace esa colectivización compromete su viabilidad comercial. La calidad y la sustentabilidad deben evolucionar mediante consensos periódicos que incluyan al consumidor y respondan a los vaivenes del mercado. La tendencia europea vincula a los consejos reguladores con acuerdos de elaboración sustentable, transformando la sustentabilidad agrícola en patrimonio cultural y valor económico agregado.
Con universidades y sin policía del vino.
Igual que en Europa, las universidades en México pueden ser el motor estratégico de la gobernanza sectorial. A diferencia de un despacho privado, que defiende intereses individuales, las instituciones de educación superior pueden articular y proteger a toda una región vitivinícola. Concentran conocimiento científico, redes internacionales y una comprensión multifactorial del sector, indispensable para estructurar reglas de uso de una Indicación Geográfica Protegida.
El Estado, como titular de los derechos de propiedad industrial, debe entender que la competitividad no se construye con coerción. Una “policía del vino” sería costosa, inviable e ineficiente. El Estado puede en cambio facilitar el entorno institucional, aprovechar la representación diplomática y las cámaras de comercio, para ayudar a descifrar la regulación internacional, adaptándola a cada región. El éxito depende de una alianza entre academia, regiones organizadas y gobierno.
El valor inmaterial de la región, vía para asegurar la permanencia del sector
Los consumidores contemporáneos buscan bienes vinculados al territorio, la proximidad y el uso responsable de los recursos. Ese valor se genera y preserva en el entorno local.
Al competir e interactuar de manera directa con productos europeos, los vitivinicultores mexicanos tendrán nuevos incentivos para consolidar la institucionalidad colectiva de sus regiones. Esa será la herramienta central para sortear el ajuste macroeconómico y defender su participación de mercado frente a desafíos como el higienismo de la OMS o la proliferación de bebidas desalcoholizadas. La resiliencia histórica del campo mexicano demuestra que existe capacidad para articular narrativas de valor. El éxito del acuerdo modificado con la UE dependerá de sustituir el esfuerzo aislado por un verdadero compromiso gremial.
*Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y coordinador de la Red Interuniversitaria en Derecho, Economía y Vitivinicultura (RIUDEVITI).
