Crímenes de familia. El machito que tenemos en casa y no vemos

Largometraje sobre la invisibilización del trabajo del hogar, la violencia de género y sus consecuencias en el mundo real. Sebastián Schindel acerca la lente a esta realidad latinoamericana. Expone, denuncia, pero… Análisis de JOSELO RUEDA.

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06 DE SEPTIEMBRE DE 2020
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EMEEQUIS.– El privilegio. La desigualdad. El machismo. Son los temas que aborda Crímenes de familia. Analizando cómo la institución familiar funciona como un espacio de reproducción del machismo, Sebastián Schindel retrata a una familia de clase media alta en Argentina. Los personajes son reflejo de la realidad latinoamericana. Sin duda el patriarcado se siente observado detrás de esta historia.

Seamos claros. Esta cinta no me prendió, no me emocionó. En algunos momentos consigue emotividad, empatía con las historias de los personajes y la propuesta temática es firme y filmada con solvencia. Aunque es una película recomendable, que expone temas importantes y los desarrolla claramente, no atrapa como evento fílmico. Vale para exponer y narrar la desigualdad, el machismo y el patriarcado. Pero lo plano de la narrativa, así como la frialdad y distancia con los personajes (no sé si intencionales) son mis principales quejas. Es una película correcta, recomendable para propiciar el debate. Pero no creo que resista la prueba del tiempo como obra de autor.

Schindel proviene del cine documental. Sin embargo, sus últimas tres entregas como director han sido dentro del campo de cine de ficción. Su trayectoria influye en su estilo de filmar y de retratar a los personajes. La fotografía está muy trabajada, con encuadres distantes e impersonales, iluminación y corrección de color hacia tonos fríos, metálicos.

Una escena se repite una y otra vez. En un baño, la protagonista Gladys (Yanina Ávila), trabajadora del hogar, mata accidentalmente a su bebé después de parir sola y en secreto. La secuencia parece más bien sacada de una película de horror de Darío Argento. Con un plano a nivel de suelo en un pasillo y un misterio hacia el interior del baño, este encuadre en particular se desvincula del resto de la cinta. 

Schindel va desvelando la historia de la familia Arrieta. Al inicio plantea el ambiente conservador de la sociedad, mostrando a Alicia Arrieta (Cecilia Roth), la madre, en una convivencia con sus amigas chismosas y acomodadas. Desde esta primera tertulia se trazan los constructos sociales de la mujer. Al conversar sobre una amiga que enviudó y no ha parado de viajar, las mujeres sentencian: “ojalá que se enganche pronto con alguien”. Y así, sutilmente, el director pinta los discursos usados para definir a la mujer como dependiente. Para ser validada solo cuando tiene pareja y no anda disfrutando sola en viajes. También expone el temor de Alicia por que se vea la basura debajo de la alfombra y siembra la duda sobre el origen del niño que vive en la residencia Arrieta con la trabajadora del hogar. 

El personaje de la trabajadora Gladys y su curva dramática es narrado en un segundo plano. El enfoque a veces parece desviarse a otras historias, pero la voz principal recae en Alicia y el proceso que vive frente al machismo familiar.

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Crímenes de familia narra el conservadurismo latente en la actualidad de la postdictadura argentina. En un juzgado, Daniel, hijo de Alicia, dice ser víctima de abusos por parte de su esposa Marcela, a quien además culpa de sus adicciones, desempleo, fracaso y otros demonios. Después, la narrativa se voltea. Marcela denuncia que Daniel la violó y consumió demasiada droga mientras estaban juntos.

La verdad sobre la historia de Daniel y Marcela es poco a poco revelada al espectador y a la misma Alicia. Salen a relucir los discursos machistas y de socavamiento a la mujer. Daniel es capaz de todo por imponer su voluntad y manipular.

Alicia apoya a su hijo. Arriesga todo para conseguir al mejor abogado. Se vale, a un alto costo, de maniobras sucias para impedir que su angelito caiga en la cárcel. “Mi hijo no es un drogadicto, mucho menos un violador”, sentencia.

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Paralelamente, Alicia cría como una madre al hijo de su trabajadora Gladys. Mujer callada y obediente, Gladys es el personaje silencioso de la casa. Discreta y casi invisible. Sometida a los deseos de la familia. Gladys vivió en la pobreza extrema, es semianalfabeta y tiene un leve retraso madurativo. Sufre discriminación y abusos desde pequeña. Nos recuerda a Yo soy Sam, donde Sean Penn interpreta a un hombre con discapacidad cognitiva, quien cuida a su hija de once años al tiempo que se enfrenta al sistema.

Sin saber que estaba embarazada y tras parir prematuramente, Gladys cae en estado de angustia extrema y negación. Asfixia a su bebé. Para ella, como para muchas mujeres, el aborto no es una opción. La desigualdad mata y condiciona.

Las opciones y segundas oportunidades son para las clases privilegiadas. El agresor Daniel puede salir de la cárcel, mientras el sistema judicial y una floja defensoría pública no favorecen a Gladys, quien es sentenciada por asesinato. Aun así, se mantiene incondicional a la familia, a la señora Alicia. El amo y el esclavo. Gladys quiere seguir considerándose esclava.

Alicia pierde todo. Su marido prefiere dejarla. Ella vende su casa para pagar el abogado de su hijo. Mantiene al hijo de Gladys, quien ahora está presa, para criarlo. Parece que Daniel aprovechará la oportunidad para rehacerse, pero cuando nuevamente pide dinero a su madre, sabemos que fallará.

La pregunta sobre quién es el padre del hijo asfixiado por Gladys se mantiene en el aire hasta que Alicia descubre que su hijo sí es un violador y un drogadicto. Desde la prisión, Gladys le confiesa que en una oportunidad Daniel la violó y quedó embarazada.

El largometraje de Netflix abre el cuestionamiento de la normalización del machito que criamos en casa y no lo vemos. De la diferencia de trato a las mujeres, a las personas en pobreza y a los migrantes (Gladys viene de un pueblo a trabajar a la ciudad en condiciones de esclavitud). La invisibilización del trabajo del hogar. La violencia de género y sus consecuencias en el mundo real. Schindel se acerca demasiado a esta realidad y nos deja un triste retrato de las vigentes clases sociales. Los privilegios son para quien puede pagarlos y nació en el estrato correcto, como Daniel.

Netflix. Largometraje de ficción 99 minutos (Argentina) dirigido por Sebastián Schindel.

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