Entre el estruendo de matracas crujientes, ríos de espuma y la euforia colectiva por el histórico triunfo 3-0 de México ante Chequia en la fase de grupos del Mundial, la Ciudad de México suspendió su realidad bajo una tormenta torrencial que inundó Paseo de la Reforma, transformando la celebración en un carnaval caótico de canoas imaginarias, porros compartidos y cuerpos lanzados al aire en el Ángel de la Independencia. Sin embargo, este estado de excepción y catarsis colectiva no logró borrar las cicatrices de una cuenca fracturada: entre la marea de playeras verdes y el colapso de un Metro en obras, emergieron los rostros en blanco y negro de los anti-monumentos, mantas con el reclamo de "Welcome México Feminicida" y los testimonios de activistas como el Zorro Buscador o madres que aprovecharon la mirada global del torneo para visibilizar a los más de 133 mil desaparecidos del país, recordándonos que en el corazón de la fiesta nacional, la tragedia y la esperanza siempre caminan de la mano.
La noche de la euforia verde: el 3-0 mundialista que festejó entre tormentas y anti-monumentos
Entre el estruendo de matracas crujientes, ríos de espuma y la euforia colectiva por el histórico triunfo 3-0 de México ante Chequia en la fase de grupos del Mundial, la Ciudad de México suspendió su realidad bajo una tormenta torrencial que inundó Paseo de la Reforma, transformando la celebración en un carnaval caótico de canoas imaginarias, porros compartidos y cuerpos lanzados al aire en el Ángel de la Independencia. Sin embargo, este estado de excepción y catarsis colectiva no logró borrar las cicatrices de una cuenca fracturada: entre la marea de playeras verdes y el colapso de un Metro en obras, emergieron los rostros en blanco y negro de los anti-monumentos, mantas con el reclamo de "Welcome México Feminicida" y los testimonios de activistas como el Zorro Buscador o madres que aprovecharon la mirada global del torneo para visibilizar a los más de 133 mil desaparecidos del país, recordándonos que en el corazón de la fiesta nacional, la tragedia y la esperanza siempre caminan de la mano.
Entre el estruendo de matracas crujientes, ríos de espuma y la euforia colectiva por el histórico triunfo 3-0 de México ante Chequia en la fase de grupos del Mundial, la Ciudad de México suspendió su realidad bajo una tormenta torrencial que inundó Paseo de la Reforma, transformando la celebración en un carnaval caótico de canoas imaginarias, porros compartidos y cuerpos lanzados al aire en el Ángel de la Independencia. Sin embargo, este estado de excepción y catarsis colectiva no logró borrar las cicatrices de una cuenca fracturada: entre la marea de playeras verdes y el colapso de un Metro en obras, emergieron los rostros en blanco y negro de los anti-monumentos, mantas con el reclamo de "Welcome México Feminicida" y los testimonios de activistas como el Zorro Buscador o madres que aprovecharon la mirada global del torneo para visibilizar a los más de 133 mil desaparecidos del país, recordándonos que en el corazón de la fiesta nacional, la tragedia y la esperanza siempre caminan de la mano.
Texto y fotos: Isaac Albarrán y Miguel Ángel Teposteco Rodríguez
EMEEQUIS.- Miguel: La posibilidad de perder enchila como un pedazo de habanero. Por eso, el orgullo nacional sale al rescate para apoyar a la Selección: veo una bandera tricolor como capa de un transeúnte en el Centro Histórico. Súpermexa. Y decenas y decenas y cientos y cientos, o tal vez miles y miles de playeras verdes en los pisos del Palacio de Bellas Artes. Matracas crujientes. Los sabores con recetas turcas, de Estambul a la Alameda. Piernas alargadas, mangos tan vivos y amarillos que parecen que respiran.
Y un balde de agua fría en una manta: WELCOME MÉXICO FEMINICIDA.
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Es la Alameda donde revolotean las suelas, y eso que no es danzón. El ánimo está prendido por un acontecimiento llamado México contra Chequia de la fase de grupos. Si ganan hoy, será histórico. Será tan sabroso como unos chiles en nogada. Como un ocaso en Acapulco. Como un baile de Payaso de Rodeo.
Es una felicidad frente a las cortaduras. A las infecciones descontroladas de la nación: la corrupción, los feminicidios, el narcotráfico. Porque a veces el deporte genera un estado de excepción. La pasión no anula las tragedias.

(es lo que escribo, para que la crónica también se quede en la calle)
En el metro Bellas Artes las obras no han concluido, y dos trabajadores sobre el andén se sostienen en un andamio. Son las entrañas del trabajo en una ciudad que no acaba de armarse.
Estos meses, moverse en la ciudad es fallar, caer. Por las grúas sobre la Calzada de Tlalpan y la complicación para cruzar Chabacano (ya abierto, como una arteria que deja pasar la sangre). Y hay colapsos de la imagen del Metro, como en Garibaldi: ruidos de sierras y martillazos. Paredes y pisos hechos puré. La estación del boxeo a la lona.

Isaac: las trompetas de plástico resuenan y el aroma de la espuma sintética flota en un aire húmedo que se mezcla con el sonido de las matracas. A la par, un vendedor de banderas inhala; el solvente se disuelve a medida que pasa por su garganta y empuña la estopa con la memoria muscular de quien detiene un cigarrillo. Clava la vista; podría parecer dispersa, pero es selectiva; busca entre la multitud a alguien que necesite comprar orgullo nacional.
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Miguel: una calavera del tamaño de un árbol lanza música disco porque los cuerpos mexas la necesitan🪩 . Danger, danger, es lo que suena. Hay un hombre moreno con ojos azul cobalto, o casi. Cigarros en la boca. Unas piernas bailando al son de la banda oaxaqueña o sinaloense. Banderas al cielo y al piso.
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Y por fin, El Caballito. Hay de todo: una casa secreta para comprar cerveza ante la Ley Seca. Una bolsa de palomitas alzada por encima de una multitud como una señal de victoria. Alguien levantando una Copa del Mundial más dorada. Una Coatlicue rota, sin el rostro en la tierra, como en la época prehispánica. La banda Jenny and the Mexicats reventando las bocinas con sus rolas. Un barrendero con el rostro tristón. Una explosión blanca de espuma en lata, como la metralla de una estrella.
- ¡Chequia va a probar el chile nacional!
Y el deber de avanzar entre la multitud sin desplomarse. Las cornetas como un bombardeo sobre la zona enemiga: matar a trompetazos. Más fiesta, y Jenny Ball cantando La bruja con su acento inglés:
Me agarra la bruja y me lleva a su casa
Me vuelve maceta y una calabaza…
Un letrero de una vaca dentro de un taco. Un pollito amarillo agarrado del cabello. Un tatuaje de luna en una mano. Otro pollito, pero ahora sostenido por una gorra. Un motociclista con la del América cargando en su moto a su hija y unos pliegues de cobijas calientitas. Una máscara de Kemonito apretadísima. Tres perritos xolos con la playera de la Selección. Un mundialista caído. Borracho dormido.

Isaac: sobre la calle Alcázar, cercana al Monumento a la Revolución, un joven duerme sobre la acera de granito con la camiseta de la selección mexicana puesta. En cuatro horas las calles serán arrasadas por la lluvia y el país entrará en júbilo cuando el equipo logre una fase de grupos perfecta, pero nada de eso importa ahora. Lo impredecible de un triunfo tan anhelado, como inesperado, tendrá que esperar.
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Miguel en una valla:

Y en el camino, anti monumentos por los feminicidios, por la violencia. Una glorieta, la de los desaparecidos. Y los rostros en papel, blanco y negro. A color, manchas amarillas. Un hombre con máscara de zorro sostiene una pancarta. Se presenta:
“Trabajo con la organización Visibilizando a los Desaparecidos A.C. Nuestra finalidad es dar visibilidad a todas esas más de 133 mil personas desaparecidas en todo el país”, dice el activista, conocido como el Zorro Buscador.
“Lo único que buscamos es visibilizar las desapariciones de esas cientos de personas y en particular la de Carlos Eduardo Monroy Velázquez, que desapareció en un contexto migratorio el 19 de marzo de 2021 en el trayecto a Piedras Negras, hacia Estados Unidos”.

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La abuela de una joven desaparecida en la Ciudad de México cuenta su historia antes de irse. La marcha avanza pero ella tiene que partir:
“Mi nombre es Lucrecia Francio, estoy aquí apoyando a mi hija, Vanessa, porque tenemos desaparecida a mi nieta, Ana Meli García Gämez; ella desapareció el año pasado, en julio 12 de 2025”.
“Ella se supone que le dijo a su papá que iba al Ajusco, al Pico del Águila, que iba a hacer senderismo (…) jamás llegó a casa, hasta ahorita no sabemos nada”.
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La marcha continúa:
Un círculo humano con Pikachu al centro. Un slam para tumbar los dientes al ritmo de ¡Arriba, abajo! ¡Arriba, abajo! Los árboles con sus hojas agitadas. Un pato como Merlín, pero con manchas en la cabeza. Chica y chico entramados en un beso. La convocatoria viva y feliz, verde. Una revolución, un cohetón en medio de la oscuridad: una marcha por el deporte y la patria. La planicie de matracas, banderas y trajes; una ola viva que machaca la artificialidad del acarreo. Tan viva, tan sólida. Una felicidad que casi es política.
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Marihuana como perfume. Cempasúchil chino entre jardineras y cuerpos atestados, verdes y sudados. Espuma volando hacia el cielo. Motitas en la ropa. Flores rosas, un penacho brillante. Chucky, el muñeco asesino, con la playera de la Selección. Y el festejo llegando a su templo: el Ángel de la Independencia.
Ya es de noche y estoy rodeado y sobre mi cabello caen los disparos de espuma. Los novios se abrazan. También hay bengalas que se encienden y un partido que apenas puedo ver entre los árboles, pero distingo tenis rosas, pases de balón y tiros cercanos a gol.
Los cuerpos vuelan, arriba y abajo, arrojados por gente que ríe. ¡Quiere volar, quiere volar! Brazos como látigos que a veces empujan, y un niño que se eleva por los aires. Su cuerpo cae y, como si impactara contra el oleaje, al hundirse salpica espuma en lata.
Al lado de mí, se mueven cuerpos en la penumbra: enrollan su porro. A uno se le cae un pedazo y prende la luz del celular para encontrarlo, pero tal vez el mundo le baila debajo de los pies. Lo ayudo, pongo el trozo de vida entre sus manos.
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Caen entre los árboles, los brazos y los pliegues de la ropa pesadas gotas de agua. El cielo arrecia con toda su fuerza. La fiesta se convierte en huida, por los árboles, los matorrales y los campos de obstáculos de lodo y basura. Me acerco a las marquesinas de Paseo de la Reforma, atestadas de paisanos que huyen con sus banderas a cuestas.
Las curvaturas de las calles se empiezan a inundar para recordarnos que vivimos en una cuenca.
Me puedo refugiar, de milagro, en la entrada de un estacionamiento, delimitada por una cortina metálica. Ahí, metidas conmigo, hay 100, 200 personas, apretadas con sus sombreros, cornetas y botellas de vodka. Un shot me cae en los labios.
Gritan gooooooooooool pero bajo la tormenta. Ahora no soy un individuo, sino parte de una masa que golpea la cortina de metal hasta abollarla por la fuerza de hombros, codos, panzas y piernas. Para algunos es la emoción de una victoria que ya se siente en la bolsa.
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Un 20 sale disparado hacia la portería. Trae cohetes en las piernas. Mateo Chávez deja en el pasto a un checo, lo burla, y libre, cara a cara frente al portero, golpea la pelota, y el disparo juguetón se acomoda en la red con un saltito. Es el primer gol de México.
No tarda en llegar el segundo tras una danza frente a la portería europea. El artista: Julián Andrés Quiñones, nuestro golpeador, quien con precisión, en provecho de la distracción de los delanteros rivales, manda a dormir al esférico en la red. La tela abraza el gol. Va el 2-0.
El telón empezará a caer con el cambio para que entre Álvaro Fidalgo. El poema inicia su primer verso con el cañonazo de Memo Ochoa, que manda la pelota al otro lado de la cancha. Tras el peloteo, es Fidalgo quien ve la oportunidad, y con la patada fulmina el partido. El 3 a 0 es un hecho. Una sentencia, una verdad, una victoria, un grito en la inmensidad del Azteca.
Y en ese momento algo nace: la esperanza de llegar más lejos de lo que nunca se ha llegado.
¿Y si sí?

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Isaac: quería volar, debió pensar la muchedumbre que lo lanzó hacia el cielo, o por lo menos así lo coreaban. La imagen no dejó de repetirse y cualquiera podía ser víctima de las alturas, pues pocas cosas son tan mexicanas como jugarse la integridad con un puñado de desconocidos por diversión. Había dejado de llover y a los alrededores del Ángel de la Independencia solo quedaron quienes estaban dispuestos a festejar. Esa noche la calle fue suya; no dudaron en reclamarla.
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Miguel: otro refugio, de los últimos a los que acudo, es un puesto de periódicos cerrado. Ahí apenas me cubro y los aficionados empapados, hechos una sopa, me dicen que el acero de esa isla está dando toques. Mientras me protejo de la lluvia, sufro una descarga que me sacude el cuerpo. No pasan 10 minutos cuando me doy otra, más fuerte.
Corro a las calles centrales y encuentro lonas que cubren pobremente; también está el humo recubierto de luz naranja de los puestos de tacos y, por fin, un montón de personas en la entrada de lo que creo es un hotel. Hay cerca de media docena de hombres sin camisa y ropa empapada puesta sobre barandales.

Isaac: con los ojos tapados y sobre una aglomeración equiparable a un vagón del Sistema de Transporte Público en hora pico, lanzaron y cacharon a una joven que por poco pierde su máscara entre la parranda. Esta y otras escenas similares quedaron grabadas en decenas de miles de teléfonos celulares que registraron los tragos de tequila directos de la botella, las víboras de la mar, los saltos de cuerda o aficionados “nadando” en los charcos mientras otros se sentaban en doble fila para “remar” sobre canoas imaginarias.
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“Creo que cuando tenemos la atención de todo el mundo (por el Mundial) es justo que toda la gente (que busca a sus desaparecidos) venga y quiera reclamar porque es la única manera en la que ahorita (…) la gente escuche”, dice Johan en entrevista.
“Yo creo que lo hacen porque como es un evento mundial, las mamás de los desaparecidos y los papás de los desaparecidos buscan ayuda, ya que el gobierno no se las está brindando, y buscan de esa manera tener atención para que puedan encontrar a sus hijos”, dice Jessica.
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Miguel: aún no acaba la fiesta. Falta que la energía se disperse y los aficionados se liberen; lo que antes era un sendero seco y limpio se convierte en un torrente de agua negra sobre la que flotan las luces amarillas de Reforma. Un río de espíritu bravo en el que las motos fuerzan sus motores para salir del atasco. La basura flota, las trompetas mojadas graznan, y aunque el vapor sale de las bocas, el frío no es rival para el ánimo; la agitación vuelve. Nada realmente es rival para la victoria, y eso es lo que se cena hoy. 3 a 0: un sueño en la noche torrencial que se niega a acabar.

Isaac: son las diez y media de la noche sobre Paseo de la Reforma. El juego terminó para la selección nacional tras derrotar tres a cero al equipo de República Checa, pero continúa para un elemento de limpieza con el pantalón arremangado. Desliza la escoba bajo el agua, discreto, como una manecilla que ordena pacientemente los recipientes de pasión que el público abandona a su paso.
Avanza, paso a paso avanza; sigue a su ritmo que el desorden marca.
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Miguel: en las calles del centro nada se ha visto igual, es una foto inédita, es un récord que fragmenta la ciudad: el Zócalo, el Monumento a la Revolución, Garibaldi y hasta el metro Insurgentes, todo está invadido por la afición: México es una fiesta. México es la totalidad del mundo. Calles y calles, cuerpos y cuerpos. Nada los detiene, nada va a arruinar su momento.
El alcohol pasa de mano en mano, los perros corren por las banquetas, las banderas pasean por las aceras. Los vagones de metros se tambalean por los saltos. Y el Ángel de la Independencia se eleva sobre todos. Porque la pasión es un géiser debajo de su antorcha, y los gritos como agua buscan alcanzar los edificios.
Algo está vivo en esos brazos que se alzan sobre las cabezas, esos dientes abiertos que muerden el platinado cielo. Esa columna está rodeada de cuerpos verdes en la lumbre de la euforia, agitados, envueltos en humo y vapor; tal vez, en sus corazones arda algo más que un deporte, más que una victoria. Tal vez algo más permanente que vive dormido en el pecho de la nación, y que sólo espera la emoción y la irrefrenable voluntad para poder despertar.


Isaac: oculto, tras una máscara parecida a la que el luchador Místico usa, desde el lado más tradicional de los técnicos, (pero con colores y diseños que emulan a la camiseta de la selección de futbol mexicana), hay un hombre que causa caos. Brinca contra la parte más honda de un encharcamiento y salpica a una mujer encargada de recoger PET. Después, patea el montón de botellas frente a ella; luego, se alejará, chapoteando entre el agua ennegrecida, la basura y el reflejo de las luces de los postes.
@emeequis
