La francachela en línea

ENRIQUE SERNA escribe sobre los convivios en línea: “En cualquier reunión presencial podemos entablar diálogos colaterales sin necesidad de que toda la concurrencia nos oiga, pero en el ciberespacio, la mescolanza de voces incomunica y aturde”.

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29 DE JUNIO DE 2020
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EMEEQUIS.– Desde un punto de vista psicológico, la gente que más necesita el contacto social ha sido la más perjudicada por el confinamiento. En ese rubro figuran, por supuesto, los bebedores acostumbrados a la borrachera semanal entre amigos, una terapia de grupo que ningún otro desfogue puede reemplazar de la noche a la mañana. Los puritanos desearían abolirla, pero sin esa pequeña dosis de locura, millones de personas reventarían de tensión y ansiedad. Un bebedor social necesita estar rodeado de amigos para desfogarse a gusto, porque la ebriedad deja al descubierto nuestro flanco más vulnerable. Con razón José Alfredo deploraba el hábito masoquista de “brindar con extraños”. Quien lo contrae se arriesga a herir susceptibilidades cuando se pasa de sincero o a padecer represalias por alguna confidencia subida de tono.  El conocimiento mutuo no siempre mejora al calor de los tragos, pues algunos borrachos herméticos tienen corazas impenetrables, pero en general, las experiencias compartidas en parrandas y fiestas mitigan el temor al ridículo y establecen una complicidad que nos predispone a soltar la lengua. 

Por desgracia, la pesadilla del Covid 19 ha privado a la humanidad de su mejor catarsis. Ni las cantinas están abiertas ni podemos invitar a los amigos a tomarse unas copas en casa, pues a mayor cercanía con los demás, mayores posibilidades de contagio. Existen, claro, numerosas palomillas de jóvenes que se reúnen a chupar muy quitados de la pena. Tal vez algunos sean transmisores asintomáticos del virus, pero la posibilidad de contagiar a sus padres o abuelos no parece quitarles el sueño.  Los bebedores de edad otoñal o invernal que no queremos jugar a la ruleta rusa debemos elegir entre la borrachera solitaria, un tanto lúgubre, pero con cierta aureola romántica, o la borrachera on line, una versión aséptica de la francachela tradicional que a últimas fechas se ha puesto de moda. 

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En la juerga cibernética pueden participar amigos que viven en otra ciudad o en otro país, una ventaja digna de tomarse en cuenta. Pero me temo que sus inconvenientes pesan demasiado para aficionarse a ella, empezando por la pésima conectividad que nos ofrecen las empresas del ramo. En cualquier videoconferencia, el audio o la imagen fallan con irritante frecuencia. Resolver esos problemas técnicos es una monserga para cualquiera, más aún para un contertulio que ya está a medios chiles. Si la pandemia no acaba pronto, la venta de megas para mejorar la señal de internet subirá como la espuma. Otro problema técnico es la dificultad de seguir la charla cuando todos hablan al mismo tiempo. En cualquier reunión presencial podemos entablar diálogos colaterales sin necesidad de que toda la concurrencia nos oiga, pero en el ciberespacio, la mescolanza de voces incomunica y aturde. Por si fuera poco, la videopeda nos obliga a estar varias horas con la vista fija en una pantalla. Después de trabajar todo el día en la computadora, la vista necesita un descanso. Y para colmo, en la pantalla no sólo vemos a los amigos, cada uno en su recuadro, sino nuestra propia jeta fisgona. Con un espejo acusador delante de los ojos, ¿quién puede sacarse los demonios del alma?

Aunque los coloquios por internet son un avance tecnológico fabuloso, el convivio etílico exige la presencia física de los compañeros de farra. Desde luego, la pantalla propicia un estrecho tête-à-tête, pero ninguna amistad puede soportarlo cuatro o cinco horas. Ni que estuviéramos tan guapos para darnos ese atracón visual. Para colmo, el acercamiento de las caras no produce una verdadera comunión afectiva y al final de la conferencia, nuestra sensación de lejanía se recrudece. 

Las reuniones etílicas son teatrales por naturaleza, pues gran parte de su encanto consiste en sentir a flor de piel cómo se desbordan las emociones propias y las ajenas. Al pasar del teatro al video, la retroalimentación sentimental se debilita, cuando no desaparece del todo.

La pandemia nos exige mirar hacia adentro en vez de volcarnos al exterior. Quizá la alternativa para sobrellevar el cautiverio no consista en buscar una cercanía inalcanzable con los amigos distantes, sino en cambiar de vicio. El alcohol está contraindicado en épocas de aislamiento forzoso, porque sin un verdadero quórum ningún bebedor es feliz.  La marihuana, en cambio, nos permite obedecer sin dolor la consigna del “quédate en casa”, por el carácter introvertido y contemplativo de la evasión que produce. Un viraje colectivo hacia la mota quizá reduciría significativamente el número de contagios, pues mantendría a la gente abismada en su inconsciente, a salvo de las chorchas infecciosas que amenazan a toda la sociedad. Si el congreso quiere proteger la salud pública, hoy más que nunca debe despenalizar ese mal menor.  

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