La respuesta de la presidenta Sheinbaum a Trump, afirmando que somos amigos de todo el mundo, refleja la posición que cualquier jefe de Estado quisiera sostener. Sin embargo, las relaciones entre países no viven únicamente de los buenos deseos. También dependen de la confianza. La opinión de @kpya
La década que cambió la relación con Estados Unidos
La respuesta de la presidenta Sheinbaum a Trump, afirmando que somos amigos de todo el mundo, refleja la posición que cualquier jefe de Estado quisiera sostener. Sin embargo, las relaciones entre países no viven únicamente de los buenos deseos. También dependen de la confianza. La opinión de @kpya
La respuesta de la presidenta Sheinbaum a Trump, afirmando que somos amigos de todo el mundo, refleja la posición que cualquier jefe de Estado quisiera sostener. Sin embargo, las relaciones entre países no viven únicamente de los buenos deseos. También dependen de la confianza. La opinión de @kpya
Lo que hay detrás del RT de Trump.
POR ALBERTO CAPELLA (@kpya)
EMEEQUIS.– Bill O’Reilly escribió que México no es amigo de Estados Unidos. Donald Trump no sólo coincidió con esa postura. Decidió compartir el texto desde su propia cuenta. La presidenta Claudia Sheinbaum respondió con una frase correcta en términos diplomáticos. “Somos amigos de todo el mundo”.
El intercambio dominó la conversación durante unas horas. Sin embargo, el verdadero debate está en otro lado.
Bill O’Reilly no es la noticia. Tampoco la respuesta de la presidenta. La noticia es que hace once años Donald Trump colocó a México en el centro de su proyecto político y, desde entonces, prácticamente no ha cambiado el mensaje. Lo que sí cambió fue la manera en que Washington terminó asumiendo esa visión.
En 2015, al anunciar su candidatura presidencial, Trump convirtió a México en uno de los ejes de su campaña. El muro fronterizo, resumido en el ya famoso “Build the Wall”, la migración ilegal, los cárteles, el tráfico de drogas y la seguridad nacional marcaron un discurso que once años después permanece prácticamente intacto.
Primero fue el muro, convertido en el símbolo de su campaña. Después llegaron las presiones arancelarias para contener la migración, el endurecimiento de la cooperación fronteriza, las acusaciones por el tráfico de fentanilo, la propuesta de declarar a los cárteles como organizaciones terroristas y, finalmente, la designación de ocho de ellos como Organizaciones Terroristas Extranjeras. No fueron hechos aislados. Fueron etapas de una misma ruta.
La última etapa del gobierno de Enrique Peña Nieto logró contener buena parte de esa tensión. Luis Videgaray entendió que Trump no era un fenómeno pasajero y construyó un canal de comunicación con Jared Kushner, yerno y uno de los principales asesores del entonces presidente estadounidense. Aquella interlocución no modificó la visión de Trump sobre México. Sí ayudó a que esa visión no derivara, en ese momento, en una ruptura de la relación bilateral.
Después llegó Andrés Manuel López Obrador con una legitimidad política pocas veces vista. Contra muchos pronósticos, estableció una relación funcional con Trump. La agenda migratoria, el T-MEC y posteriormente la pandemia obligaron a mantener abiertos los canales de comunicación. Mientras la relación bilateral encontraba cauces de entendimiento entre los dos gobiernos, dentro de México comenzaba a desarrollarse otro proceso mucho más profundo.
Mientras la atención política y mediática se concentraba en administrar la compleja relación con Washington, Morena construía el mayor poder territorial de su historia. Gobernaturas, congresos, alcaldías y la Presidencia alimentaron la percepción de un movimiento prácticamente invencible. En ese ambiente comenzaron a relajarse los controles políticos, disminuyó la autocrítica y se acumularon investigaciones, denuncias, señalamientos periodísticos y episodios que fueron deteriorando la credibilidad de distintas autoridades locales.
Tamaulipas, Sinaloa, Michoacán, Tabasco, Baja California y muchos otros casos comenzaron a integrar un expediente político que, visto desde Washington, reforzaba exactamente el discurso que Donald Trump sostenía desde 2015.
La administración de Joe Biden redujo la confrontación pública, pero las agencias estadounidenses nunca dejaron de documentar lo que ocurría en México. El crecimiento del mercado del fentanilo, la expansión de los grupos criminales, el huachicol fiscal, la captura de Ismael “El Mayo” Zambada, las investigaciones abiertas en ambos lados de la frontera y los constantes señalamientos sobre corrupción política fueron conformando un panorama que fortaleció la posición de quienes sostenían que el problema mexicano ya no era exclusivamente criminal, sino también institucional.
Donald Trump regresó a la Casa Blanca con el mismo discurso. La diferencia es que esta vez llegó con más elementos para respaldarlo. Ya no habla únicamente de migración o del muro. Habla de organizaciones terroristas, de fentanilo, de investigaciones abiertas, de decomisos históricos, de cancelaciones de visas, de presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales y de una crisis que, desde la perspectiva de Washington, representa un problema de seguridad nacional.
Ahí cambió la historia.
Durante años el debate giró alrededor de las declaraciones de Donald Trump. Hoy el tema es otro. Esa posición dejó de pertenecer a un solo hombre. Se convirtió en una referencia para buena parte de la política exterior y de seguridad de Estados Unidos.
La respuesta de la presidenta Sheinbaum, afirmando que somos amigos de todo el mundo, refleja la posición que cualquier jefe de Estado quisiera sostener. Sin embargo, las relaciones entre países no viven únicamente de los buenos deseos. También dependen de la confianza. Y esa confianza atraviesa uno de sus momentos más delicados en muchas décadas.
No hace falta imaginar escenarios extremos para anticipar lo que viene. Habrá mayor presión diplomática, más exigencias en materia de seguridad, condicionamientos económicos, intercambio de inteligencia bajo reglas cada vez más estrictas y una demanda permanente para que México actúe con mayor contundencia contra las organizaciones criminales.
Podrá gustarnos o no esa visión. Podremos compartirla o rechazarla. Lo que ya no podemos hacer es fingir que apareció de un día para otro.
Durante once años México discutió las palabras de Donald Trump. Mientras aquí seguíamos respondiendo a sus declaraciones, en Washington fueron construyendo una política de Estado. El reto de la presidenta Claudia Sheinbaum ya no consiste en responder a un artículo de Bill O’Reilly ni a una publicación en redes sociales. El verdadero desafío será convencer a Washington de que México puede reconstruir la confianza perdida. Esa tarea será mucho más difícil que responder una conferencia de prensa.
@kpya
