El cerco judicial estadounidense sobre la estructura de seguridad de Sinaloa sumó un nuevo eslabón con la entrega voluntaria de Marco Antonio Almanza Avilés, exdirector de la Policía de Investigación del estado, quien es señalado por el Departamento de Justicia de EE. UU. de mantener presuntos nexos y facilitar el intercambio de información táctica con la facción de Los Chapitos del Cártel de Sinaloa. El movimiento del exjefe policiaco representa un giro radical en su estrategia legal, ya que días antes había comparecido ante la Fiscalía General de la República (FGR) en Culiacán para rechazar categóricamente las acusaciones y asegurar que no se presentaría ante las cortes norteamericanas
Después de "El Mencho": el verdadero poder y el riesgo de fragmentación
El abatimiento de “El Mencho” es, sin duda, un logro importante. Pero el #CJNG no es una pirámide que cae con su líder. ¿Quiénes podrían sucederlo? #CuálEsLaHistoria
El cerco judicial estadounidense sobre la estructura de seguridad de Sinaloa sumó un nuevo eslabón con la entrega voluntaria de Marco Antonio Almanza Avilés, exdirector de la Policía de Investigación del estado, quien es señalado por el Departamento de Justicia de EE. UU. de mantener presuntos nexos y facilitar el intercambio de información táctica con la facción de Los Chapitos del Cártel de Sinaloa. El movimiento del exjefe policiaco representa un giro radical en su estrategia legal, ya que días antes había comparecido ante la Fiscalía General de la República (FGR) en Culiacán para rechazar categóricamente las acusaciones y asegurar que no se presentaría ante las cortes norteamericanas
EMEEQUIS.– La detención y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, es sin duda un hecho relevante. Sería absurdo minimizarlo; se trata del rostro más visible de una de las organizaciones criminales más expansivas y violentas del continente. Pero una organización criminal no es un rostro, es una estructura, y las estructuras no se desvanecen con un abatimiento.
Durante los últimos años, el liderazgo operativo del CJNG no descansaba exclusivamente en la figura de “El Mencho”. Su deterioro físico, particularmente por problemas renales documentados desde hace al menos dos años, había reducido su exposición y su presencia directa en el mando cotidiano.
En el libro Testigos del horror (Grijalbo, 2025) documenté, a partir de testimonios de sobrevivientes del Rancho Izaguirre y de otras investigaciones paralelas, cómo el poder real se distribuía ya en operadores de alto nivel. Entre ellos, uno de los nombres que emerge con mayor fuerza es Gonzalo Mendoza Gaytán, “El Sapo” o “090”.
No es un apodo menor dentro del engranaje. Los testimonios coinciden en describirlo como figura de mando en la sierra jalisciense, particularmente en el corredor entre Tala, Puerto Vallarta, Tapalpa e Ixtapa.
Un operador que no usaba teléfonos, que recibía reportes por mensajeros escritos, que tenía fuertes cinturones de seguridad, que decidía ascensos, castigos y ejecuciones. Un mando que supervisaba entrenamientos y pruebas de reclutamiento forzado. Un hombre cuya autoridad no era simbólica sino ejecutiva.
Otra posibilidad en la línea de mando es Audias Flores Silva, “El Jardinero”, señalado como operador clave en Jalisco y Michoacán y responsable de procesos de expansión en estados como Zacatecas. También aparece Juan Carlos Valencia González, “El 03”, hijastro de Oseguera, por quien la DEA ofrece una recompensa de hasta cinco millones de dólares.
El CJNG no operó como una banda vertical dependiente de un solo jefe. Funcionó —y funciona— como un sistema de franquicias criminales. En al menos 20 estados del país, la organización estableció células con relativa autonomía operativa, pero bajo un modelo común: reclutamiento forzado de jóvenes, entrenamiento en campos clandestinos, especialización en extorsión, cobro de piso, control de rutas de droga y cooptación local de autoridades. Parte de los ingresos se concentran en la cúpula, y parte se revierten en expansión territorial.
Ese modelo es lo que debe preocupar más que el nombre del líder abatido.
Cuando en 2009 y 2010 fueron capturados o abatidos los hermanos Beltrán Leyva, el discurso oficial habló de una victoria estratégica. Lo que ocurrió en realidad fue un proceso de fragmentación. Las células se dividieron, compitieron y multiplicaron la violencia; Guerrero es uno de los ejemplos más claros: la descomposición posterior no produjo pacificación, sino proliferación de grupos locales sin control central. La disputa territorial se volvió más caótica y más sangrienta.
El riesgo hoy es similar.
Si la muerte de “El Mencho” no viene acompañada de una intervención integral sobre la estructura financiera, operativa y política del CJNG, lo que podría ocurrir no es su desaparición sino su mutación. En organizaciones con presencia territorial tan extendida, la fragmentación no debilita necesariamente la violencia: la dispersa.
Además, hay otro factor que suele ignorarse en los discursos celebratorios: el arraigo territorial. El CJNG no se expandió solo por capacidad armada, se expandió por su inserción en economías locales, por su capacidad para ofrecer ingresos rápidos a jóvenes precarizados, por su dominio de corredores estratégicos y por su infiltración institucional. Los expedientes sobre las investigaciones en México y Estados Unidos cómo los entrenamientos incluían no solo el uso de armas, sino el aprendizaje de métodos de extorsión, análisis de cuánto facturan comercios e industrias para calcular cuotas, y mecanismos de vigilancia territorial.
En Tapalpa, donde fue abatido “El Mencho”, diversos reportes han señalado la existencia de una “escuelita”, un campo donde jóvenes eran entrenados —muchos bajo coerción— para convertirse en sicarios o en operadores de control local. Esa lógica no depende de un solo hombre, depende de una red.
Por eso no conviene cantar victoria antes de tiempo.
Es legítimo reconocer el golpe que significa la caída del líder más visible. Pero también es necesario advertir que el poder operativo, según múltiples testimonios, ya se encontraba en manos de figuras como “El Sapo” y su círculo cercano, entre ellos su cuñado conocido como “El Tolín”. Si esos operadores continúan intactos, el centro de gravedad de la organización podría desplazarse sin desaparecer.
La pregunta no es si el CJNG sobrevivirá a la muerte de su fundador; la pregunta es bajo qué forma lo hará.
Si se reproduce el patrón de los Beltrán Leyva, veremos una reorganización interna, posibles disputas, ajustes violentos y eventualmente la consolidación de nuevas células con menor control central. Si la autoridad logra intervenir las finanzas, la red de reclutamiento y las alianzas locales, el escenario podría ser distinto. Pero eso requiere una estrategia integral, no solo una operación táctica.
Las organizaciones criminales contemporáneas no son pirámides rígidas. Son redes adaptativas. Cortar la cabeza no garantiza el colapso si los nodos siguen conectados.
Celebrar es humano. Pero gobernar implica prever.
La muerte de “El Mencho” puede ser un punto de inflexión, pero también puede ser el inicio de una nueva fase de reacomodos. Lo que determinará cuál de esos escenarios prevalece no es la caída de un nombre, sino la capacidad del Estado para desarticular el modelo de franquicia criminal que permitió al CJNG expandirse en al menos una veintena estados del país.
La historia reciente ya nos enseñó que la decapitación sin desmantelamiento produce fragmentación, y la fragmentación, en contextos de debilidad institucional, suele significar más violencia, no menos.
Ojalá esta vez no confundamos el símbolo con la estructura.
@Sandra_Romandia

