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La cárcel bajo la lupa: el sistema voraz que devora a custodios y reos por igual
Andrés M. Estrada desmantela en “La verdad de los custodios” el mito de la reinserción social de las cárceles y expone cómo la corrupción y el abandono convierten a custodios y reclusos en sobrevivientes de una misma maquinaria voraz. “Es una academia del crimen”, afirma.
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La frontera entre un custodio y un recluso es un muro de concreto y un uniforme. Foto: Andrea Murcia / Cuartoscuro.com.
EMEEQUIS.– El periodista Andrés M. Estrada desmenuza en su reciente libro, La verdad de los custodios, la crisis de humanidad que se vive actualmente en los penales federales y estatales de México.
Tras una investigación de tres años que incluye perfiles detallados, el autor revela cómo el Estado ha permitido la proliferación de un ecosistema de corrupción y violencia donde la “reinserción social” se ha degradado a una simple falacia.
Esta obra trata de demostrar que, en un sistema diseñado para el desecho, ambos bandos son humanos intentando no ser devorados por la misma estructura criminal.
“La única diferencia entre ellos (la persona privada de la libertad y el custodio) es que el custodio sale un día a descansar a su casa y al siguiente vuelve a las rejas. Esa es la única diferencia real”, sentencia Estrada en entrevista para EMEEQUIS.

En el imaginario colectivo, la frontera entre un custodio y un recluso es un muro de concreto y un uniforme. Sin embargo, para Estrada, luego de años de hurgar en las entrañas de los penales mexicanos, esa línea es casi invisible.
Ambos grupos, dice, habitan el mismo ecosistema de olvido; ambos son piezas de una maquinaria diseñada para triturar la dignidad humana.
EL PERFIL DEL OLVIDO
Estrada comenzó esta investigación de manera fortuita: en una cama de hospital en Iztapalapa, observando a un custodio que vigilaba con la mirada paranoica de quien sabe que el peligro acecha en cada esquina. Ese encuentro sembró la duda: ¿Quiénes son los que cuidan las cárceles en un país donde la justicia es un artículo de lujo?
Lo que encontró fue un sistema viciado donde la “reinserción social” es, en sus palabras, una teoría inexistente. “Es una academia del crimen”, afirma. Pero el culpable no es sólo el individuo, sino la voracidad de un Estado que abandona a sus trabajadores y a sus presos por igual.
SOBREVIVIR AL ENGRANAJE
La nota dominante en las cárceles mexicanas es la corrupción, pero Estrada le pone rostro y contexto. No es sólo maldad; es supervivencia.
“Si un custodio gana 10 mil o 12 mil pesos mensuales, no tiene uniformes dignos ni radios, y un preso le ofrece 2 mil pesos por mirar a otro lado mientras hace una llamada, lo va a hacer. Si no se adapta, el sistema lo relega, lo amenaza o lo aplasta”, explica el autor.
Por otro lado, las Personas Privadas de su Libertad (PPL) enfrentan el mismo destino. Estrada relata casos de reclusos que, a pesar de haber ingresado por delitos fabricados, terminan convirtiéndose en abogados dentro del penal para defenderse a sí mismos y a otros. Es la paradoja del sistema: la educación y la superación ocurren a pesar del Estado, no gracias a él.
SIN SALUD MENTAL Y BAJO EL YUGO DEL ESTIGMA
Uno de los hallazgos más crudos de la investigación de Estrada —obtenido vía transparencia— es la absoluta falta de acompañamiento psicológico para el personal penitenciario. En los penales federales, donde se supone que hay mayor presupuesto, la respuesta es gélida: si un custodio tiene trauma o ansiedad, que vaya al ISSSTE por su cuenta.
A esto se suma la segregación de género. Las mujeres custodias habitan un mundo doblemente hostil, donde el machismo institucionalizado las somete a acoso laboral y sexual, mientras intentan cumplir jornadas de más de 24 horas sin apoyo alguno.

DESHACER EL PREJUICIO
El llamado de Estrada en La verdad de los custodios es una invitación a la incomodidad: dejar de ver a los reos como “desechos” y a los custodios como “villanos por naturaleza”.
“Muchos custodios no se salen de ahí porque afuera siguen siendo estigmatizados y no les dan empleo. Metemos en el mismo saco a las PPL y a los custodios porque vienen del mismo ambiente, tienen los mismos modismos y terminan contaminándose de las mismas mañas”, reflexiona Estrada.
Al final, la obra de Estrada no busca dar lecciones de moral, sino exponer el engranaje corruptor. Es un recordatorio de que, mientras la sociedad siga mirando hacia otro lado, la cárcel seguirá siendo ese lugar donde el Estado encierra sus fracasos, esperando que el silencio de los muros sea suficiente para ocultar que, adentro, sólo hay humanos intentando sobrevivir a la voracidad.
@emeequis

